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Opinión

Marcos Hernández López

Foucault dice que “todo poder es un modo de acción de unos sobre otros. Se ejerce el poder cuando unos individuos son capaces de gobernar y dirigir conductas. Conducir conductas implica gobernar, y gobernar constituye la forma más acabada del poder”. El poder como gobierno no resiste en el tiempo, la idea de un sometimiento absoluto en la conducta de la gente; en contradicción el poder revolucionario se enfrenta a sus propios límites o decadencia, por ejemplo: la posibilidad que germine contundencia la rebeldía del todo social, convocando el rescate del voto como sustancia significativa de toda democracia.

Es evidente, que la revolución bolivariana hasta el momento ha fracasado en su objetivo de atender las necesidades de la población. Es necesario un nuevo plan de desarrollo que logre una mejor articulación entre gobierno y la gente, y a la vez refunde el país en procura del bien colectivo. Esta realidad transita de pasar de las protestas a las propuestas, y demostrar que es posible, con la participación ciudadana, construir una mejor Venezuela, tarea nada fácil por sus actuales protagonistas. Refundar el país desterrando un gobierno que se convirtió en “un verdadero peligro” para muchos países democráticos,

Refundar al país es una necesidad, y hasta cierto punto urgente. Pero es una propuesta condenada por ahora sin temor a equivocarme al fracaso. Por lo menos en las condiciones actuales tan complejas. Para refundar a Venezuela, si es que esta posibilidad existiera, no bastaría con una nueva constitución porque nada garantiza su cumplimiento.

Para el sociólogo francés Alain Touraine, el debilitamiento general de la democracia en muchos países tiene como causa última la progresiva separación entre la efectividad de la gestión pública y las demandas lógicas de los ciudadanos. En el caso venezolano, la significación que debe tener el espacio del derecho de la ciudadanía es casi inexistente por intereses mezquinos del decadente proyecto ideológico continental llamado socialismo del siglo XXI.

La naturaleza de la crisis política, económica y social convoca cualquier escenario electoral, no se puede descartar con garantía del voto y elecciones competitivas: comicios generales. En el país se observa el agotamiento de su clase política /dirigentes. El ciudadano en su mayoría se identifica más con un escenario de cambios gobierno municipal, regional y nacional, a través de la vía democrática y constitucional. Las elecciones generales, una propuesta para refundar el país, son una alternativa para resolver la problemática política inmediatas, frente a discurso ideológico trasnochado, sin visión de futuro, deslizándose en lo aburrido y repetitivos que encuentran rechazo casi unánime por parte de 80%, es decir la mayoría de los venezolanos. La situación de Venezuela está conectada a una crisis económica en ascenso por ahora indetenible, como consecuencia de un modelo económico reconfigurado sobre la base de un incomprensible neo marxismo, articulado en su dinámica a la ingobernabilidad y la corrupción, teniendo como consecuencia inevitable el fracaso en lo económico y social.

El primer mandatario nacional sigue gravitando nacional e internacionalmente en busca oxígeno a través del diálogo o diálogos inducidos, renunciando a ver el “bosque” de la crisis económica y política que transita el país…lo grave es que el futuro Venezuela es abstracto, Maduro prefiere seguir siendo interpelado negativamente por el pueblo, no se inmuta, mantiene la anti postura democrática en vez de hacer una comprensión final, objetiva, de la naturaleza de la magnitud de la crisis y plantear la urgencia de convocar a una elecciones generales, como alternativa inmediata para refundar el país… Venezuela tiene que salir de este abismo… cada minuto, hora, día, mes, cuenta en las reconfiguraciones y posturas que pueda tomar un pueblo abrumado por una situación política y económica que perturba su paz y equilibrio emocional.

26 de marzo 2022

Hispanopost

https://hispanopost.com/la-refundacion-necesaria/

 3 min


Ángel Lombardi Lombardi

“Yo y mi partido mi partido y yo», era una frase recurrente en el discurso de Jóvito Villalba, pero otros no lo decían pero lo practicaban y se sigue practicando. No es democrático ni conveniente el liderazgo único e inamovible. La consecuencia inevitable es destruir al posible o posibles competidores por el liderazgo. Se anula el necesario relevo generacional, se propician divisiones, se evita el cambio interno y se propicia el culto a la personalidad y el sectarismo partidista.

Está tradición se mantiene en nuestros partidos actuales y conspira para lograr una evolución de los mismos. Los partidos políticos son necesarios pero no son los únicos actores de la política. La complejidad creciente de la sociedades y un mundo cada vez más interdependiente exigen cambios profundos en los sistemas políticos y de gobierno.

Un sistema político es una construcción histórica igual que el Estado; y su existencia y vigencia es producto de su necesidad. Pero las necesidades cambian igual que los medios para satisfacerlas.

La democracia también es histórica y cambia, y también puede «morir» como cualquier sistema político. Hay casi un consenso entre los especialistas sobre cómo «muere» una democracia y hablan de «suicidio»; El «caso» venezolano, creo, puede servir de ejemplo, tanto en 1945-1948 como en 1958-1998.

En el primer caso el sectarismo y la violencia y la falta de un compromiso político de equilibrio de factores e intereses terminó devorando a nuestra incipiente democracia. Diez años de duro aprendizaje permitió el consenso necesario para llegar al Pacto de Punto Fijo y a la Constitución de 1961, que sigue siendo la de más larga duración en una tradición de múltiples constituciones a la «medida» del caudillo de turno. Como esta «chavista» que durará lo que duren en el poder. La democracia bipartidista fue desgastándose y agotándose en los últimos 20 años (1980-1998).

La abstención electoral iba en ascenso, AD y Copei cada vez se parecían más, se negaban espacios a otras fuerzas políticas y la baja respuesta gubernamental a los problemas de la gente iba en aumento y la creciente corrupción general iba erosionando el prestigio del político y la política. El país terminó sin respuestas, gobernado por la llamada «cogollocracia» y unos dueños de «medios» y «los amos del valle». Era cuestión de tiempo el colapso y este llegó en 1998 con el «mesías» de turno.

Nuestra democracia se ha suicidado dos veces. En 1945 al frustrarse acuerdo en torno a la candidatura de Diógenes Escalante por causa conocida y fracasar el intento con Ángel Biaggini. El segundo suicidio empezó con el «defenestramiento» de CAP con los votos de su propio partido y la crisis terminal que venían padeciendo AD Y Copei. Con el interinato de Ramón Velázquez en la práctica se les entregó el poder a los comandantes de las cuatro fuerzas. Personalmente el Dr. Velázquez me comentó, que AD y Copei lo nombraron y lo dejaron solo. Y que todas las noches se dormía con el temor de amanecer con un golpe de Estado.

La reelección de Caldera sobre las cenizas de Copei y la impunidad a los golpistas que ni siquiera fueron inhabilitados políticamente, completaban el vacío de poder, una sociedad desorientada y un país sin rumbo… y llegó Chávez, en una elección con un 40% de abstención. El proyecto democrático que venía desarrollándose desde 1936 en adelante y potenciado gracias a la economía petrolera de la prosperidad y los cambios sociales que ello dinamizaba nos permitió un siglo XX de avances reales en todos los aspectos.

La democracia es un sistema en construcción y reforma permanente si no se autorregula y corrige oportunamente se «suicida» como hemos visto.

Cuando este tiempo oscuro termine, hay que retomar el rumbo democrático, evitar los errores cometidos en el pasado y entender que una democracia sin el «piso educativo y cultural» necesario, sin la formación de ciudadanos educados en la responsabilidad de la libertad y la solidaridad y con gobernantes que rindan cuentas, es difícil que se consolide y se evite, cada tanto tiempo, el retroceso autoritario y dictatorial.

Twitter: @angellombardi

 3 min


Xavier Rodríguez Franco

El pasado 6 de marzo, una representación del gobierno de Joe Biden viajó a Caracas para reunirse con Nicolás Maduro. La visita fue una más de las que diplomáticos de Occidente están realizando a diferentes potencias petroleras con el fin de incrementar la inyección de hidrocarburos al mercado energético global para compensar la escasez, producto de las sanciones a Rusia.

Estas gestiones han implicado el acercamiento a regímenes poco democráticos y conocidos por su precario historial de derechos humanos como Turkmenistán, Nigeria, Arabia Saudí o la misma Venezuela.

Este encuentro «exploratorio» evidencia la disposición de Biden a dejar de lado la «transición energética» ante una eventual escasez de petróleo, a pocos meses de las elecciones legislativas de noviembre de 2022.

Pero, por otra parte, el diálogo directo de los representantes diplomáticos con el régimen de Maduro también revela un cambio en la política exterior hacia Venezuela, a pesar de que la vocera de la Casa Blanca, Jen Psaki, insistió en que no reconoce a Nicolás Maduro como líder de Venezuela.

Cabe destacar que el régimen venezolano, con fuertes vínculos diplomáticos y militares con Rusia, no tiene capacidad para asumir compromisos con ninguna de las partes. Su poder se sustenta en una forma de feudalismo extractivista, controlado por diferentes facciones protegidas por el Estado, por lo que el Gobierno no cuenta con capacidad técnica real para incrementar sosteniblemente un eventual repunte de la producción petrolera.

La Pdvsa de hoy, desprovista del capital humano de alta calidad que tuvo hasta hace algunos años y con unas instalaciones gravemente deterioradas, difícilmente podría ser el anclaje estratégico de la nueva geopolítica energética de EE. UU., al menos a corto o mediano plazo.

Actualmente, Venezuela produce alrededor de 740.000 barriles de petróleo al día, lo cual no llega a la décima parte de la producción rusa actual. Una eventual reactivación de la industria tendrá un efecto muy limitado en la crisis energética global de este momento. Pero más allá de estas desventajas, Venezuela cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. Y si bien el tipo de petróleo pesado y extrapesado venezolano requiere mayor nivel de inversión para su extracción, refinación y transporte, rinde mejores beneficios en contextos de altos precios, tal como pareciera ser la tendencia.

En este sentido, el petróleo venezolano vuelve a convertirse en un atractivo, tal como lo han anunciado grandes empresas como Chevron. Una reactivación de la explotación petrolera podría, de todas maneras, compensar a EE. UU. parcial o totalmente el volumen procedente ahora de Rusia, es decir, unos 550.000 barriles de petróleo diarios en promedio para el año 2021.

¿Una mala noticia para la causa democrática venezolana?

Un eventual y aún poco probable acercamiento entre la Casa Blanca y Miraflores para proveer a EE. UU. de petróleo podría dar aire al régimen de Maduro y convertirse en un nuevo obstáculo a la causa democrática que, por años, muchos venezolanos han venido construyendo desde dentro y fuera del país.

Esto fue reconocido por el propio Juan González, asesor presidencial de EE. UU. para América Latina y miembro de la comitiva diplomática que viajó a Caracas. Sin embargo, en medio de una crisis mundial en la que la propia seguridad energética de EE. UU. se ve amenazada, estos aspectos pasan a desempeñar un papel secundario para el gobierno de Biden.

Independientemente de la diplomacia a dos bandas que sigue practicando el régimen de Maduro, la causa democrática debe tomar apunte de lo ocurrido y centrarse en su continuidad. Se debe asumir que un eventual retorno a la democracia no dependerá exclusivamente de la dirección diplomática que asuman los actores centrales del orden mundial.

En todo caso, la invasión rusa a Ucrania y su impacto en el mercado energético mundial ha abierto un nuevo esquema político que la dictadura venezolana intentará aprovechar para posicionarse tras años de sanciones y aislamiento internacional, algo que se ha agravado recientemente, ya que buena parte del dinero de la venta de petróleo venezolano permanece en bancos rusos sancionados por EE. UU. Esto podría acelerar una nueva etapa en el proceso de negociaciones con la oposición, suspendido algunos meses atrás unilateralmente por el Gobierno. Muchas cosas quedan aún por definirse en un contexto internacional cambiante e incierto.

Twitter:@Latinoamerica21

24Xavier Rodríguez Franco es politólogo y productor del Pódcast de Latinoamérica21. Licenciado de la Universidad Central de Venezuela y de la Universidad Autónoma de Barcelona. Magíster en Estudios Latinoamericanos, de la Universidad de Salamanca. Editor de Parlamundi Venezuela.

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Carlos Raúl Hernández

En los setenta Hollywood regresa al mundo real con una generación de creadores nuevos, después de décadas de películas vaqueras, “de guerra”, o apoteósicas con demasiadas escenas y actuaciones de cartón (Ben Hur, Los diez mandamientos, Quo vadis), y uno que otro fracaso, como nada menos que Cleopatra, con Liz Taylor. A la emergencia se le llamó Nuevo cine americano, cine de autor, otro pack rat que dejará obras magnas. Francis Ford Coppola (El Padrino), George Lucas (La guerra de las galaxias), Steven Spielberg (Tiburón), Woody Allen (El dormilón), Brian de Palma (Carrie), Mike Nichols (El graduado), Dennis Hooper (Easy rider), Román Polansky (La semilla del diablo), John Schlesinger (Vaquero de media noche), Michael Cimino (El francotirador), William Friedkin (El exorcista), Martin Scorsese (Taxi driver). Pero la reina de las maravillas, la máxima creación en la historia del cine, es El Padrino, afirmó rotundamente nada menos que Stanley Kubrick. El grupo es en cierto sentido, un giro gringo hacia la nouvelle vague en la Europa de Truffaut, Chabrol, Godard

Paramount tuvo inmenso acierto y audacia en adivinar la genialidad de Francis Ford Coppola, muy lejos entonces de ser ostensible. Aunque ni siquiera figura en los créditos, había codirigido con Roger Corman, autor de montones de películas baratas, disparates en los que peleaban vampiros y extraterrestres. Su primera cinta con firma, Demencia 13, es una copia de Sicosis de Hitchcock, novatada que, junto a las dos siguientes, lo llevaron a la estrechez económica. Algo le vieron pese al dudoso curriculum y le proponen dirigir una película basada en el libro de otro económicamente arruinado, El Padrino de Mario Puzo, que más tarde se mantendrá setenta semanas entre los más leídos en la lista de NYT, y que en el siglo XX equivale a El Príncipe de Maquiavelo. Entre miles de cosas, el libro y la película relatan cómo un joven héroe de guerra, Michael Corleone (Al Pacino) comprende el significado del poder y lo que hay que tener para su ejercicio, como lo explican desde Maquiavelo y el jesuita Francisco de Vitoria.

El Padrino es su primera película en serio, con recursos, y no ha sido superada ni por él mismo ni por nadie en ninguna época. El sanedrín de las “cinco familias” que controlan Nueva York reclama que Vito Corleone (Marlon Brando) maneja cuotas del poder judicial, senadores y diputados “pero no las ·presta” para que introducir el tráfico de drogas. Don Vito se opone a “ese negocio” y atentan contra su vida”. Santino (James Caan) el primogénito, carece de condiciones para heredar a su padre, quien lo sabe perfectamente. Demuestra a menudo su incapacidad, incluso al no tomar previsiones para proteger a su padre hospitalizado. Es emocional, lujurioso, incontinente, arrogante y muere asesinado en una trampa cazabobos, que recuerda por su violencia brutal el cine de San Peckinpah (La Pandilla Salvaje) Un capo policial corrupto enredado al complot, le fractura la mandíbula a Michael. Ahí tiene la epifanía: para que sobreviva “la familia” el debe ser il capo y matar espectacularmente a los que atentaron contra su padre, lo que ocurre en una de las escenas más poderosas en la historia de la cinematografía.

Deja de ser un joven que planea adecentar la familia y se hace temible en el uso del poder, para que este no lo destruya. Los capos de las otras familias lo invitan a una reunión de “conciliación”. Descubre que es para asesinarlo, se les adelanta y los hace liquidar uno por uno, al tiempo que bautiza al hijo de su hermana Connie. El poder se ejerce en la oscuridad, porque su sustancia está más allá del bien y del mal, pugnan en ella dos fuerzas contradictorias, como en la naturaleza humana, y solo lo atajan de alguna manera las instituciones democráticas (pobre del país donde ellas no existen). A todos nos gustan la democracia y los chorizos, pero mejor no averiguar de qué están hechos. Coppola y Puzo navegan en las turbias aguas, bajo el imperio del sentido de la realidad. Maquiavelo y la dupla Coppola-Puzo. ponen al descubierto a los charlatanes que hacen gárgaras con los principios para ganar simpatías y fingen “principio” bobos, o más terrible, no entienden, la dinámica del poder.

Fidel Castro vio que debía cuidar el principio de soberanía porque la geopolítica puede desconocerlo, como le ocurrió en 1962 en la crisis de los cohetes. Para curarse en salud, ofreció públicamente a los norteamericanos devolverles cualquier prisionero que escapara de Guantánamo. Gadafi y Saddam Hussein murieron de geopolítica. Volodímir Zelenski medio comprende tarde e incompleto: el principio de soberanía es suicida si no conjuga con pragmatismo. Desastrosos y cómicos son los diletantes que mojan el panty en Alemania o Francia con los muertos ucranianos, héroes en el teclado lejos, a kms. del plomo. Que sigan muriendo ucranianos, porque mueren gloriosamente por la libertad y para que los charlatanes puedan matar su angustioso ocio y escribir imbecilidades. Una vez Pompeyo Márquez respondió a unos periodistas e intelectuales que lo increpaban en el Hotel Lutecia de París por abandonar la lucha armada. “Es que es una desigual división del trabajo: Uds. ponen novelas y películas y nosotros ponemos los muertos”. El charlatán pone boberías y los ucranianos ponen cadáveres.

@CarlosRaúlHer

 4 min


Ismael Pérez Vigil

Regreso al tema de la invasión de Putin a Ucrania −me resisto tercamente a decir que es una invasión rusa− pues se cumplió ya más de un mes que se inició esta triple guerra: militar, económica y de comunicaciones. A esta última, la guerra comunicacional, es a la que me voy a referir de alguna manera.

Sin apartarme de la política

Vuelvo a señalar que el análisis militar del tema, el de las estrategias de cada contrincante, el de las implicaciones de la guerra económica y las medidas económicas sobre Rusia y la forma que tiene y adquirirá el tablero geopolítico del mundo una vez que se produzca un desenlace, el de la profundidad e implicación de las estrategias mediáticas, todo eso, se lo dejo a los excelentes analistas que hemos visto desfilar este mes −y a unos cuantos no tan excelentes, algo repetidores y un tanto superficiales, que también abundan y de cuyo coro no quiero formar parte−. Pero, en esta ocasión, no puedo decir que me aparto del tema político, porque de lo que quiero hablar es de las reacciones de los diferentes grupos o sectores políticos en Venezuela frente a esta situación.

Objetivos, no logrados, de Putin

Lo primero que diré es que tras lamentar los miles de muertos que está dejando esta guerra insensata y la destrucción económica en Ucrania −y en Rusia, pues están sufriendo ya los coletazos− me reconforta pensar que Putin no ha logrado ningún objetivo, al menos los que declaró al principio.

Putin no ha logrado someter a Ucrania, no ha logrado que el gobierno ucraniano renuncie o huya del país y por el contrario ha “logrado” algunas cosas que no lo deben tener muy feliz: que la OTAN, en decadencia, se haya fortalecido; que la UE este más unida que antes y apoyando a Ucrania de diversas maneras, con sanciones económicas, recibiendo refugiados y suministrando armamento a Ucrania; que países como Alemania y Japón −aunque algo más lejos, físicamente− estén aumentando sus presupuestos militares, por recomendación de la OTAN; que países que pertenecieron en algún momento al eje soviético, como los Bálticos, hayan estrechado más sus lazos con Europa; que algunos países tradicionalmente neutrales o poco beligerantes, como Suecia y Finlandia hayan manifestado su deseo de pertenecer o acercarse más a la OTAN, y que hasta la tradicionalmente neutral Suiza esté apoyando las medidas económicas en contra de Putin. Repito, no entro a analizar estos aspectos y sus implicaciones, simplemente me limito a resaltar la resistencia de Ucrania y algunos hechos concretos que todos hemos leído, aun los más legos en la materia, de los análisis de los que si conocen más a fondo el tema.

Los argumentos…

El segundo punto que quiero resaltar es que entre todas las cosas que he leído, en enjundiosos artículos de prensa y largas y candentes discusiones −cuando no− en redes sociales, me llama la atención los argumentos que algunos esgrimen para justificar la invasión; o al menos “atenuar” su horrendo significado e impacto. Y llego así al corazón de este artículo: Muchos se refugian en sus atavismos ideológicos.

… desde la izquierda

Desde la izquierda hay los empeñados en mantener vivos los “ideales” socialistas o izquierdistas de su juventud y por eso tratan de justificar la invasión en términos de comparar lo ocurrido en Ucrania con pasadas invasiones o intervenciones, sobre todo de los EEUU, en otros territorios, en un pasado cercano o lejano; les parece que eso justifica cualquier acción de un individuo como Putin, que algunos aún consideran comunista, socialista o por lo menos de izquierda, pues obviamente no está situado en el mundo occidental del liberalismo y la democracia. Algunos apelan también a conceptos algo más trillados como: el balance de poder mundial, la razón de estado, etc.

… desde la derecha

Desde la derecha la cosa es todavía más extraña, pues ven el problema, la mayoría de los que opinan en redes sociales, en el contexto de la polarización de la política norteamericana, obviamente pro Trump y anti Biden; llegan a la ingeniosa perogrullada de decir que aunque la invasión sea injustificable, tiene causas; y por allí se van, tras haber descubierto esa agua tibia, haciéndose la vista gorda con la matanza del ejército de Putin en Ucrania; en el mejor de los casos simplemente lo ven como un “error” o peor aún, como “falta de decisión” del presidente de los EEUU.

… los republicanos

Todavía podríamos entender la posición de algunos políticos en la Florida −sobre todo republicanos, en perspectiva de la “elección de midterm”, en noviembre−, donde el tema del comunismo, Cuba, Nicaragua o Venezuela es sensible electoralmente hablando y ven oportunistamente una posibilidad de desacreditar las políticas de Biden, sea por su falta de acción o por sus “intentos negociadores” con regímenes como el de Venezuela, y así “desmejorar” las perspectivas electorales de los demócratas.

…los más extremos

Pero, algunos llegan incluso a suscribir los argumentos de Putin: que Ucrania no es ni ha sido nunca un país, que es una creación rusa; que son los ucranianos los que han agredido a los rusos en los territorios ucranianos que reclama Putin; que el presidente ucraniano usa a su población como escudo; que hay un intento de sojuzgamiento y expansión occidental sobre Rusia, apoyado por la OTAN; que en Ucrania lo que hay son grupos nacionalistas, separatistas, neonazis y neofascista, etc.

… y los menos extremos

El drama lo tienen algunos derechistas menos extremos que los mencionados previamente, pero igualmente anticomunistas febriles y también polarizados con relación a la política norteamericana, quienes al ser más racionales, condenan la invasión de Putin pero tratan de explicársela y en su argumentación deslizan conceptos de la jerga “pusinesca” y fustigan al gobierno norteamericano por su “debilidad”.

Comparando con Venezuela

Pero lo que me parece más insólito −y hasta peligroso− son los que se lamentan y se rasgan las vestiduras porque en Venezuela, la oposición venezolana, los lideres venezolanos, no sigan el ejemplo de Ucrania y de su presidente, Volodimir Zelenski, como si fueran comparables las situaciones, los países y los líderes. Algunos llegan a hablar de la “invasión cubana”, −que ciertamente lo es de alguna manera, al menos en su aspecto colonialista y devastador−, y compararla con la del ejército de Putin a Ucrania y esperan por lo tanto que el gobierno interino lance soflamadas proclamas y que Juan Guaidó se vista de militar y con casco de acero ceñido, llame “a las armas” contra el régimen. Y que por no hacer eso, nosotros estamos como estamos.

Reflexión final

Frente a hechos como la invasión a Ucrania, no nos queda sino hacernos las angustiosas preguntas que se hace Moisés Naim (El Dictador en su Ratonera, El Nacional, 21/03/2022): “¿Es aceptable hacer un trato con Vladimir Putin para que retire sus tropas a cambio de acceder a algunas de sus condiciones? Para muchos esto sería inmoral y la única salida aceptable es salir de Putin. Otros mantienen que la prioridad es detener las muertes de inocentes.”

En lo que a mí respecta, sin entrar en profundos análisis ni justificaciones éticas, solo espero que Ucrania −a pesar de las bajas lamentables que ya ha tenido− salga cuanto antes y triunfante de este ignominioso episodio; que Putin pague caro por su insensata aventura y que las democracias occidentales, contra quienes de verdad es la invasión y la guerra de Putin, salgan fortalecidas.

En este último sentido, consciente de que mi aporte en este tema no está en el campo del análisis estratégico y geopolítico, mi ánimo es el de condenar sin ambages, justificaciones o explicaciones la invasión de Ucrania, celebrar −como ya dije− su resistencia al invasor y alentar una reflexión acerca de que la lección que saquemos del desafortunado y sangriento episodio de Ucrania sea el de la necesidad de luchar por restablecer la plena democracia en el país.

Politólogo

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 6 min


Fernando Mires

Dijo Vladimir Putin en su ya legendario discurso pronunciado en el estadio olímpico Luzhniki de Moscú (18.03.2022): Occidente está intentando dividir a nuestra sociedad, está especulando con nuestras bajas (en la guerra) y las consecuencias socioeconómicas de las sanciones, y está provocando una confrontación civil en Rusia y utilizando a esa quinta columna para conseguir ese objetivo. Y hay un solo objetivo, del que ya he hablado, la destrucción de Rusia.

Pero cualquiera, y en especial el pueblo ruso, podrá distinguir a los auténticos patriotas de la chusma y los traidores, y simplemente los escupirá como si fueran una mosca que ha entrado en la boca.

Estoy convencido de que esa necesaria y natural autopurificación de la sociedad fortalecerá a nuestro país, nuestra solidaridad, nuestra cohesión y nuestra capacidad para responder a cualquier desafío.

Pocas veces las palabras han sido tan reveladoras. Con ellas, Putin ha cavado una zanja. Su guerra a Ucrania no es a Ucrania, lo dice el mismo, sino a Occidente. Ucrania, en su lenguaje alucinado, es solo una representación de Occidente. Luego, la invasión a Ucrania no tiene mucho que ver con el avance de la OTAN –Zelenski ha dicho varias veces que Ucrania no pertenecerá a la OTAN- sino por que en ese país ha tenido lugar un proceso de occidentalización. No la OTAN sino las democracias que cobija militarmente la OTAN es lo que está en proceso de expansión. Como dice Putin, emulando al repertorio de Hitler, su lucha es “por la necesaria y natural autopurificación de la sociedad”. Purificación lo traduce como desnazificación, palabra inventada por su consejero de cabecera, Alexandr Dugin. Quiere decir: des- occidentalización.

Occidente, según la visión putinista, es impuro. La sangre derramada en Ucrania lavará las impurezas occidentalistas que la contagian. La de Putin –según el cavernario patriarca Kiril- adquiere las características de una guerra santa, de una cruzada, de una Yihad de la ortodoxia asiática.

¿Por qué odia Putin a Occidente? Pregunta que solo puede ser respondida con otra: ¿Qué es Occidente? Occidente no es el Oriente, pero eso no nos dice nada. Pronunciado en lenguaje político, tampoco es un punto geográfico.

Occidente, lo sabemos todos, ha llegado a ser el significante de muchas naciones que han hecho suyos determinados principios, entre ellos, un estado de derecho, la independencia de los poderes públicos, libertades como las de opinión, de culto, de prensa y de movimiento, elecciones libres y democráticas, parlamentos que procesan el debate público.

¿Occidente es entonces la democracia? En gran medida lo es, pero Occidente es algo más que la democracia. En términos escuetos: todas las naciones democráticas son occidentales y todas las naciones occidentales son democráticas. Pero Occidente es más que la suma y síntesis de todas las naciones que lo constituyen. Occidente es más bien una tautología: Occidente es la historia de Occidente, y eso quiere decir: Occidente es lo que ha llegado a ser Occidente y, más aún: lo que puede llegar a ser en el curso de su historia. La nación occidental, dicho con uno de los fundadores de la socialdemocracia austriaca, Otto Bauer, es una “comunidad de destino”. “Una idea”, agregaría a su modo, Ortega y Gasset:

Efectivamente, la historia de Occidente no es una historia en sí, sino la historia de las naciones en las que la occidentalidad anida. Ahí reside la diferencia entre una nación occidental y otra que no lo es. La segunda, la nación no occidental, ha sido entendida por Putin de acuerdo a las lecciones que le inculcara el oscurantista filósofo del anti-democratismo ruso, Alexandr Dogin: una unidad territorial cuyos habitantes están vinculados por un lenguaje, una tradición, una cultura y una religión común. En cambio, la nación occidental se define fundamentalmente por otras propiedades, entre ellas: el territorio, un estado constitucional, una historia común y su acreditación en las Naciones Unidas.

De acuerdo a la concepción arcaica y etnológica de Putin, Ucrania es una simple prolongación natural de Rusia, un territorio puesto a disposición de su imperio. Así lo dice con fe ciega: Permítanme enfatizar una vez más que Ucrania para nosotros no es solo un país vecino. Es una parte integral de nuestra propia historia, cultura, espacio espiritual (discurso 21.02 2022)

Y en su largo artículo La Unidad histórica de Rusos y Ucranianos (2021), escribía el gobernante: Confío en que la verdadera soberanía de Ucrania sólo es posible en asociación con Rusia. Nuestros lazos espirituales, humanos y civilizatorios se formaron durante siglos y tienen sus orígenes en las mismas fuentes, se han endurecido por pruebas, logros y victorias comunes. Nuestro parentesco se ha transmitido de generación en generación. Está en los corazones y la memoria de las personas que viven en la Rusia moderna y Ucrania, en los lazos de sangre que unen a millones de nuestras familias. Juntos siempre hemos sido y seremos muchas veces más fuertes y exitosos. Porque somos un solo pueblo.

Sin embargo, de acuerdo a una concepción moderna, a la que apela el mismo Putin, Ucrania como nación nunca podría definirse “por lazos humanos, espirituales, civilizatorios”, ni mucho menos por “lazos de sangre”. Lo que caracteriza a una nación moderna es una Constitución, la existencia de partidos políticos, la práctica de elecciones libres de acuerdo al principio de la alternancia en el poder, y la mantención de una -aunque sea breve- historia forjada por revoluciones y elecciones. Y no por último, hay que subrayarlo siempre, el reconocimiento internacional a través de instituciones como la UE y la ONU. Esa es una nación política a diferencia de una nación cultural o pre-política, como es la de Putin. Las credenciales de Ucrania son y serán la de una nación independiente de Rusia.

Por lo demás, la propia invasión rusa ha terminado por crear lo que Putin niega a Ucrania: un sentimiento de nacionalidad muy profundo. Así como el sentimiento de pertenencia nacional fue creado en el pueblo judío por las constantes persecuciones a que ha sido sometido, la guerra y la invasión a Ucrania ha creado una idea de nacionalidad cuya principal afirmación es su negación a Rusia, una radicalmente opuesta al asiatismo despótico representado por Putin. Quiero decir: aunque Putin logre someter a Ucrania, nunca los ucranianos se sentirán miembros de Rusia. Cultural y emocionalmente su población se ha constituido como un pueblo, el pueblo en ciudadanía y la ciudadanía, en nación.

La Rusia de Putin es y será para los ucranianos; representación de la barbarie. Y el mundo occidental, representación de la civilización. No ser rusos ha pasado a ser, después de la sangrienta invasión, un sinónimo de ser ucraniano, y ucraniano, una forma de ser occidental. Putin, digamos con descaro, ha fundado con su maldita guerra, a la nueva nación ucraniana.

Putin, como Stalin ayer, ve en Occidente un peligro existencial. De acuerdo a su mentor ideológico, Dogin –quien iniciara su carrera política como miembro fundador del “partido nacional-bolchevique” (variante semántica del nacional-socialismo pre-hitleriano)- Occidente simboliza a la decadencia. La tesis no es nueva.

De acuerdo al libro clásico de Oswald Spengler, La Decadencia de Occidente (1923), Occidente ha entrado a su fase de decadencia. La misma opinión sustentará otro clásico, Arnold Toymbee en su famoso A Study of History (1934-1961) para quien las culturas, también la occidental, están destinadas a perecer cuando no se encuentran en condiciones de responder a los desafíos de la historia. De dos autores eslavófilos, Ivan Illyn, y más recientemente, el ya citado Dogin, se nutre la tesis del naturalismo histórico cultural del anti-occidentalismo ruso. Según la fundamentación de esa tesis, las culturas son cuerpos colectivos sometidos a las mismas leyes que los cuerpos biológicos: nacen, se desarrollan, pasan por la juventud, alcanzan la madurez y, al final, decaen, mueren, o son absorbidas por otras culturas. Por lo tanto, las culturas se encuentran en permanente conflicto consigo mismas y por eso, con otras culturas. Afirmación popularizada por el ya también clásico Samuel Hungtinton (The Clash of Civilizations, 1996). No obstante, la afirmación de Hungtinton sería correcta solo si aceptamos que Occidente es “una” cultura. Y bien, justamente ahí yace la diferencia entre Occidente y las demás culturas: Occidente, si es una cultura, es y será una cultura solo si permite en su seno la existencia de otras culturas.

Occidente nunca ha sido monocultural: nació de un cruce entre diversas vertientes religiosas y culturales: la religión de los judíos, la prédica anticanónica de Jesús y Paulo, la filosofía griega (sobre todo la platónica-socrática) y el derecho romano desde donde tomó forma y figura el principio del estado secular, hoy hegemónico en el mundo occidental. Visto entonces el tema en contra de la perspectiva de Spengler, no se trata de que Occidente esté en decadencia, sino de todo lo contrario: la decadencia es una forma de ser de Occidente.

Occidente, desde Atenas hasta ahora, ha caído y decaído muchas veces. Pero la llama de la luz ateniense continúa ardiendo no solo al exterior sino también al interior de las naciones occidentales e incluso de las no occidentales. En cada lucha democrática nace un proyecto de Occidente. Bajo cada dictadura, despotía, o simplemente autocracia, decae Occidente. Como en Ucrania: cuando sus habitantes luchan por sobrevivir físicamente, libran, desde una visión macro-histórica, una guerra desgarradora entre la democracia occidental y la barbarie rusa que busca imponer Putin.

No deja de ser notorio: mientras menos democrática es una nación, menos occidental será. En ese mismo orden, mientras menos democrática, mayores serán las posibilidades del imperio ruso para expandir su poder mundial. Eso quiere decir que la contradicción política de nuestro tiempo, la que avistara a nivel mundial el presidente Joe Biden, entre democracia y autocracia, tiene lugar no solo entre naciones sino al interior de cada una de ellas. Allí donde late nuestro deseo de ser libres, comienza a nacer Occidente. Allí donde emerge la autorepresión, la culpa y el castigo, brota el no-Occidente. Allí donde prima el principio de muerte crece la anti-occidentalidad. Allí donde triunfa el de la vida -para decirlo en el sentido teológico de Paulo de Tarso- muere la muerte.

En el fondo de nuestros corazones, muchos somos hoy ucranianos.

27 de marzo 2022

Polis

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Henkel García U.

La devolución del Sambil La Candelaria es, en cierto modo, un motivo de alegría, pero no por ello debemos dejar de considerar que todo este fenómeno reciente, en el que el socialismo controlador y represor pareciera quedar atrás para dar paso a una economía más libre, más de mercado, pueda ser solo una concesión táctica y no un cambio de postura genuino y sostenible en el tiempo. Para muestra vale hacerse una de tantas preguntas: ¿Qué garantías legales e institucionales tienen hoy los venezolanos para que esto no vuelva a ocurrir?

En un país volátil pasan una gran cantidad de eventos. Uno de los más destacados de los últimos días es la devolución del Sambil La Candelaria a sus legítimos dueños. Ponderar este hecho, el cual es relevante, no es del todo sencillo.

Esta devolución forma parte de una lista de decisiones que apuntan a una dirección distinta a la que nos dirigieron durante buena parte de los últimos 23 años. Entre esas puedo nombrar algunas para poner en contexto:

Ya no se aplica el control de precios;

Ni tampoco el control de cambio;

Disminuyeron la toma de inventarios para “repartirlos” al pueblo;

El empresario pasó de ser un ente del mal a uno generador de valor (y que paga impuestos);

Dejaron circular al dólar “imperial” y hasta le reconocen sus bene cios.

A esto hay que agregarle que estamos en un incipiente proceso de negociación directa entre los gobiernos de Venezuela y Estados Unidos. Hay un cambio evidente, pero como pregunté en Twitter (https://twitter.com/HenkelGarcia/status/1505889690003648522): ¿Vamos por el camino correcto?

Debo confesar que fue Guillermo Tell Aveledo el que me llevó a considerar el concepto de concesión para entender estos actos que estamos presenciando. Este párrafo es tanto elocuente como pertinente:

La ‘Pax Bodegónica’ no puede ser entendida como una apertura, sino como las concesiones, condicionales, desde el poder vigente. Concesiones que pueden ser retiradas y que son frágiles, mantenidas en tanto sigan siendo funcionales al propósito descrito”1.

Sí, la devolución del Sambil La Candelaria es, en cierto modo, un motivo de alegría, pero no por ello debemos dejar de considerar que todo este fenómeno reciente, en el que el socialismo controlador y represor pareciera quedar atrás para dar paso a una economía más libre, más de mercado, pueda ser más una concesión táctica que un cambio de postura genuino y sostenible en el tiempo.

Como es costumbre, comparto algunas inquietudes:

¿Por qué otros activos expropiados y con scados no fueron devueltos a sus dueños, sino fueron entregados a personas cercanas al poder?

¿Qué garantías legales e institucionales tenemos para que esto no vuelva a ocurrir?

¿Por qué no se deroga la Ley de Precios Justos?

¿Por qué no se elimina la ambigüedad constitucional que existe sobre la propiedad privada?

¿Tenemos hoy seguridad jurídica?

¿Estamos frente a una verdadera reinstitucionalización?

Cuando empecemos a ver respuestas satisfactorias a estas preguntas, entonces sí pudiésemos creer que estos cambios tienen bases sólidas. Hasta que ello no ocurra resulta sano considerarlas concesiones alineadas con la intención de a anzarse en el poder.

No podemos olvidar todo lo que hemos vivido, las vidas impactadas profundamente durante estos 23 años. No es momento para la ingenuidad.

23 de marzo 2022

La Gran Aldea

https://www.lagranaldea.com/2022/03/23/etapa-de-concesiones/ ...

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