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Opinión

Acceso a la Justicia

El Ministerio Público (MP) no ha tenido empacho en dar un giro de 180 grados en sonados casos de violaciones a los derechos humanos, en lo que parece ser una maniobra para hacer ver que se están procesando a los presuntos culpables de esas violaciones y así evitar que la Fiscalía de la Corte Penal Internacional (CPI) abra una investigación formal por crímenes de lesa humanidad, contra altos funcionarios venezolanos.

Lo anterior no es un hecho aislado sino que se enmarca dentro de una estrategia global del oficialismo por presentar una imagen de colaboración con la CPI. Entre los elementos que sustentan esta afirmación están los siguientes hechos: nombramiento de Gladys Gutiérrez como nueva embajadora ante la Corte; publicación del decreto de reestructuración de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), ente en cuya estructura están las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES), tan cuestionadas por diversos órganos internacionales de derechos humanos; y lectura de un comunicado por el fiscal general Tarek William Saab en una rueda de prensa el pasado 1° de mayo, en el que indicó que había enviado el día anterior un tercer grupo de documentación a la Fiscalía de la CPI informándole sobre el estado de los casos sobre los que esta formuló algunos requerimientos.

El fiscal se refirió al caso del concejal Fernando Albán, de quien en el pasado afirmó que se había suicidado estando bajo custodia; ahora aclaró que fue objeto de un homicidio culposo por sus custodios el 5 de octubre de 2018.

Lo expuesto no debe sorprender, pues forma parte de un engranaje para demostrar que en Venezuela se sanciona a los violadores de derechos humanos y se colabora con la Fiscalía de la CPI, lo cual es su obligación en virtud del Estatuto de Roma.

Sobre el caso de Albán, el funcionario dijo que «En su momento (el Ministerio Público) les imputó a los funcionarios implicados en este lamentable hecho el delito de quebrantamiento de normas de custodia». Sin embargo, después decidió rectificar y «solicitó la nulidad, por observar la violación de garantías fundamentales», así como una «orden de aprehensión contra los dos funcionarios que lo custodiaban por los delitos de homicidio culposo, quebrantamiento de normas de custodia, agavillamiento y favorecimiento de fuga del delito».

Esta declaración es diametralmente opuesta con lo que dijo el fiscal cinco días después del deceso de Albán, en una rueda de prensa en la que calificó de «montajes» y «medias verdades» a quienes sostenían que la muerte del opositor había sido provocada por sus captores:

«En horas del mediodía, al momento del almuerzo, Albán se levantó abruptamente de la mesa diciendo que quería ir al baño. Él aprovecha esa circunstancia y corre hacia una ventana panorámica que se encontraba en el pasillo del piso 10 de la sede del Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional), en Plaza Venezuela y se lanza al vacío».

Donde dije digo, ahora digo Diego

También hubo un cambio en el caso del estudiante universitario Juan Pablo Pernalete. «Este joven falleció al recibir un impacto con una bomba lacrimógena en el pecho. Aquí se logró la imputación de doce funcionarios (de la Guardia Nacional) por el delito de homicidio preterintencional con grado de complicidad correspectiva», dijo Saab, obviando que esto ya había sido demostrado por el MP durante la gestión de Luisa Ortega Díaz.

«Él fue impactado por un objeto como este. Esto lo impacta: esto es una bomba lacrimógena», dijo la ahora fiscal general en el exilio, menos de un mes después del deceso del joven.

Sin embargo, Saab no validó esa tesis. Así lo admitió el mismo en septiembre de 2017. ¿La razón? Porque la consideraba dudosa. «Descubrimos que el laboratorio criminalístico de la Fiscalía se usó para alterar pruebas, eso es grave, estamos en etapa de investigación, pero eso es sumamente grave», dijo en una entrevista a la agencia Efe. Casi cuatro años después parece reconocer que su antecesora tenía razón.

Aun así, los cambios de calificaciones de delitos no son suficientes para afirmar que en Venezuela hay justicia; además, en ninguno de esos casos se hace responsable a los mandos superiores sobre esos crímenes, como exige el Estatuto de Roma.

¿Por qué ahora?

Como indicamos, estos anuncios del Ministerio Público no son gratuitos. Al respecto, Ortega Díaz afirmó lo siguiente:

«Reconocer las violaciones a los derechos humanos en los asesinatos de Pernalete, Albán y Acosta Arévalo no busca hacer justicia, sino eximir a los máximos responsables señalados en el examen preliminar ante la CPI. Esto es una muestra de temor porque saben que serán juzgados».

Estas sospechas fueron corroboradas por el propio Saab, quien el pasado 1° de mayo afirmó:

«Hay que recordar que la CPI tiene un carácter complementario de las jurisdicciones penales nacionales de los países que son parte del Estatuto de Roma. En otras palabras, esta instancia interviene cuando los posibles casos que pueden ser de su competencia no han sido investigados, por el sistema de justicia de un Estado parte».

Según el fiscal, con el solo hecho de investigar un caso se impediría la acción de la CPI, pero ello no es así, pues el Estatuto de Roma determina en su artículo 17, numeral 2, que debe establecerse si tales investigaciones no se hacen bajo los siguientes supuestos, a saber: que la decisión judicial, de ser el caso, no se haya tomado, para sustraer al responsable de la acción de la justicia; que la investigación sufra una demora injustificada; o que el proceso no se haya sustanciado de una manera independiente e imparcial.

Es evidente que todos los supuestos antes descritos se aplican al caso venezolano, donde no se investiga ni a los máximos responsables ni a la cadena de mando, donde los juicios duran una eternidad y se califican de manera incorrecta delitos para favorecer a los responsables.

De ahí entonces que el fiscal afirmase que «ha quedado claro nuestro compromiso a investigar» las vulneraciones a los derechos humanos cometidas en el país, dejando entrever que el juzgado de La Haya no tiene por qué inmiscuirse. Y como prueba de ese compromiso aseguró que en los tres años y ocho meses que tiene en el MP 1.064 funcionarios y 136 civiles han sido acusados de violar derechos humanos, 540 funcionarios y 30 particulares han sido aprehendidos y se han logrado 133 condenas. Compárense estas cifras con los casos de violaciones de derechos humanos que ocurren cotidianamente en el país. A título de ejemplo, Provea denunció que solo en 2020 hubo 2.853 ejecuciones extrajudiciales en el país. ¿Hay o no impunidad?

El origen de los cambios sobre lo ocurrido en los casos mencionados parece ser que la Fiscalía de la CPI debe anunciar en breve si los presuntos crímenes de lesa humanidad cometidos en el país desde 2014 y que fueron denunciados por diversas organizaciones no gubernamentales y por la Misión Internacional de Determinación de los Hechos sobre Venezuela del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, entre otros, serán llevados ante la Corte. De hecho, en noviembre pasado, el despacho de la jurista ghanesa Fatou Bensouda, dijo tener «una base razonable» para creer que en el país se han cometido crímenes de lesa humanidad.

Las maniobras de Saab no deberían repercutir en la decisión del tribunal internacional. ¿La razón? Las acciones del MP se han circunscrito a funcionarios de bajo nivel, a pesar de que la Misión de Determinación de Hechos constató que algunas de estas prácticas no se han podido cometer sin el conocimiento y la anuencia de los altos cargos.

El organismo señaló lo siguiente en su informe, publicado en septiembre de 2020:

«La Misión tiene motivos razonables para creer que tanto el Presidente como los Ministros del Interior y de Defensa, ordenaron o contribuyeron a la comisión de los crímenes documentados en el presente informe, y teniendo la autoridad efectiva para hacerlo, no adoptaron medidas de prevención y represión».

En ese sentido, el artículo 28 del Estatuto de Roma señala:

«Además de otras causales de responsabilidad penal de conformidad con el presente Estatuto por crímenes de la competencia de la Corte: El jefe militar o el que actúe efectivamente como jefe militar será penalmente responsable por los crímenes de la competencia de la Corte que hubieren sido cometidos por fuerzas bajo su mando y control efectivo, o su autoridad y control efectivo, según sea el caso, en razón de no haber ejercido un control apropiado sobre esas fuerzas».

Hablan las familias de las víctimas

El giro de Saab no fue bien recibido por los familiares de Albán, Pernalete ni del capitán Rafael Acosta Arévalo, otro caso en el que las autoridades se han desdicho de su posición original para admitir que fue una víctima de violaciones a los derechos humanos.

En un duro comunicado, los familiares del concejal Albán señalaron lo siguiente:

«Este 1 de mayo de 2021, Saab, cómplice y encubridor de los delitos de detención arbitraria, desaparición forzada, tortura y ejecución extrajudicial del concejal Fernando Albán, presentó en rueda de prensa nueva información sobre el caso; con la única intención de confundir a la opinión pública y pretender engañar a la Corte Penal Internacional; haciendo creer que se está averiguando y enjuiciando los crímenes cometidos contra Fernando Albán y otras víctimas de la dictadura».

Acusaron además al Ministerio Público de montar «un show mediático».

En términos similares se pronunciaron los padres de Juan Pablo Pernalete, quienes fustigaron los delitos imputados a los militares que habrían participado en la muerte de su hijo. Elvira de Pernalete, madre del estudiante, añadió:

«Hablan de complicidad, como si a nuestro hijo lo hubiese asesinado un tumulto, en un hecho aislado, cuando la verdad es que fue víctima de la acción sistemática del régimen de atentar contra la población civil, en el marco de la criminalización de las protestas».

Por su parte, la Alianza de Familiares y Víctimas de las Protestas Antigubernamentales de 2017 (Alfavic) reclamó de las autoridades una investigación seria y transparente de las más de 100 muertes registradas durante la ola de manifestaciones ocurridas en el país tras las sentencias 155 y 156 de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia que anularon a la Asamblea Nacional controlada por la oposición.

¿Y a ti venezolano, cómo te afecta?

El giro de Saab parece ser otra demostración de cómo la justicia venezolana no es independiente y en lugar de proteger a los ciudadanos y repararles los daños cometidos por el Estado, sobre todo a las víctimas de crímenes atroces, actúa en función de velar por los gobernantes de turno. Pareciera que solamente busca evitar que funcionarios nacionales se conviertan en los primeros latinoamericanos en tener que rendir cuentas ante la CPI, organismo creado para castigar graves violaciones a los derechos humanos como el genocidio, la tortura, las detenciones arbitrarias, las desapariciones forzadas y la persecución.

La admisión de que Albán y Pernalete murieron por culpa de la actuación ilegal de funcionarios y de que los presuntos responsables serán castigados –aunque esto todavía no ocurre, pues en ningún caso existe una sentencia condenatoria– es un gesto importante pero insuficiente, porque no se trata de hechos aislados.

En Venezuela, desde hace años el Estado ejerce una política de ataque sistemático contra la población, en especial aquella que se opone al Gobierno, tal y como lo han denunciado organizaciones nacionales e internacionales. Esta situación deja en claro que hay otros responsables de estos crímenes que también deben terminar en el banquillo de los acusados.

11 de mayo 2021

https://accesoalajusticia.org/fiscal-se-desdice-en-sonados-casos-violaciones-dd-hh-para-evitar-cpi/

 9 min


David Barrado Navascués

La relación entre un mentor y su estudiante va mucho más lejos que el simple periodo de formación de unos pocos años. Es una unión intelectual que conecta con una tradición que se remonta, al menos en Occidente, hasta las primeras universidades.

Es, verdaderamente, una antorcha que se transmite de persona a persona durante generaciones, que ha sido esencial para la Revolución Científica y que ha beneficiado a la sociedad desde entonces.

Los primeros pasos formales se dieron entre los siglos XII y XIII y se fundamentaron en tres procesos: el redescubrimiento del clasicismo de la Antigüedad debido a la traducción sistemática de textos helenos y árabes, la fundación de las universidades y la aparición de pensadores que incorporaron el saber aristotélico, transformando el currículum heredado del Imperio Romano, que distinguía entre el trivium (gramática, dialéctica, retórica) y el quadrivium (aritmética, música, geometría, astronomía). La medicina, el derecho y la teología se consideraban disciplinas separadas.

Con anterioridad, algunas sedes episcopales habían albergado escuelas, pero surge entonces una cierta especialización: filosofía-teología en París u Oxford; derecho en Bolonia, Pavía o Rávena y medicina en Salerno.

Además, la fragmentación política del Norte de Italia y su desarrollo urbano favorecieron la aparición de escuelas comunales. Así, los estudios de derecho de Bolonia aparecieron en 1088, adquiriendo carta de naturaleza la Universidad en 1119; París, Oxford y Módena se fundaron en el siglo XII; Palencia, Cambridge, Salamanca, Montpellier, Padua, Nápoles y Toulouse, a comienzos del siglo XIII.

Independencia política y religiosa

Se trata de instituciones únicas, con estructura corporativa basada en el derecho romano, que proporcionó independencia respecto al poder político y religioso y el control del currículum académico.

El inicio del uso de la lógica moderna y de la filosofía natural puede situarse a partir del siglo XII con Hugo de St. Victor, John de Salisbury, Thierry de Chartres y Adelardo de Bath. Todos ellos desarrollaron una actitud racional y rechazaron el principio de autoridad.

La obra de Aristóteles jugó un papel esencial en este proceso y su influencia se inició a través de la Escuela de Traductores de Toledo y las enseñanzas de Alberto Magno y Tomás de Aquino.

El método escolástico (scholasticus en latín, σχολαστικός en griego), que posiblemente apareciera con Anselmo de Canterbury o Pedro Abelardo, y en cualquier caso en París, enfatizó el razonamiento dialéctico y consistió en comentarios y cuestiones centrados en los textos de Aristóteles: las disputatio ordinaria, que transcurrían generalmente una vez por semana, y las disputatio de quolibet, un verdadero torneo intelectual. Aristóteles y el escolasticismo dominaron el ámbito académico europeo hasta el siglo XVII.

Roger Bacon, ya en el siglo XIII, impulsó una nueva forma de conocimiento basado esencialmente en la experiencia y el pensamiento racional. Según él, “todas las ciencias están conectadas; se prestan mutuamente ayuda material como partes de un gran todo, cada uno haciendo su propio trabajo, no por sí solo, sino por las otras partes; a medida que el ojo guía el cuerpo y el pie lo sostiene y lo guía de un lugar a otro.”

Con el Renacimiento, el flujo de conocimiento procedente del Imperio Bizantino y la aparición de la imprenta impulsaron en Europa una verdadera eclosión intelectual.

Comprender el Universo

La autoridad de Aristóteles se vio afectada por una nueva actitud y una serie de descubrimientos que cuestionaron la cosmología aristotélica: el heliocentrismo de Copérnico, al publicar De revolutionibus en 1543; el cometa de 1577 y las estrellas novas de 1572 o 1604, estudiados por Tycho Brahe, Jerónimo Muñoz o Johannes Kepler, entre otros, que demostraban que las esferas celestes no podían ser cristalinas ni el cielo era inmutable. También el rechazo de Kepler a las órbitas circulares de los planetas o los descubrimientos realizados por Galileo Galilei con el telescopio.

Finalmente, la cosmología de Aristóteles sería sustituida por la concepción del Universo asentada en la Ley de la Gravitación de Isaac Newton. Desde entonces, nuestra capacidad para entender nuestro Universo y todo lo que ocurre en él se ha acelerado.

La luz del camino

La Universidad ha sido y es un lugar esencial para la ampliación del conocimiento, la formación de ciudadanos integrales y de nuevas generaciones de intelectuales, en el sentido más amplio. De hecho, para cada miembro de la comunidad académica existe una secuencia formada por eslabones entre mentores y estudiantes que lo une con una serie de eruditos del pasado.

Cuando hablamos de la antorcha del conocimiento que se trasmite de generación en generación, no es solo una metáfora ilustrativa.

Es una luz que ilumina el sendero de las sociedades, un complicado y delicado proceso que ha implicado a múltiples hombres y mujeres. Un proceso que, con sus defectos, nos ha beneficiado a todos y ha contribuido de manera esencial al bienestar en el que vivimos.

Como corolario, y pensando en el futuro de esa cadena que se extiende en el tiempo, es nuestra responsabilidad transmitir y aumentar ese extraordinario legado cultural. Programas de intercambio transnacionales como el Erasmus o el Fulbright siguen siendo esenciales en este proceso de formación, creación y transmisión de conocimiento.

Profesor de Investigación Astrofísica, Centro de Astrobiología (INTA-CSIC)

9 de mayo 2021

The Conversation

https://theconversation.com/la-apasionante-historia-de-la-universidad-as...

 4 min


François Dubet

En La época de las pasiones tristes, François Dubet dialoga con el clima de estos tiempos y con varias de las transformaciones en marcha. Una de ellas se vincula con el debilitamiento del régimen y las identidades de clase, así como con la forma de leer las desigualdades. En no pocos aspectos, esta coyuntura histórica recuerda la de la primera mitad del siglo XIX, cuando surgían nuevas desigualdades al tiempo que se agotaba la sociedad del Antiguo Régimen.

¿El fin de la sociedad de clases?

Las revoluciones democráticas e industriales inauguraron un nuevo régimen de desigualdades, el de las clases sociales, nacido del encuentro de dos grandes revoluciones. La «providencia democrática» instaura la igualdad y la libertad de todos. La abolición de las barreras estamentales hace que los individuos ya no tengan impedimentos para cambiar de posición en la escala de las desigualdades, el prestigio y el poder. Pero si la destrucción del régimen estamental redunda en una sociedad integrada por individuos libres e iguales, una sociedad fundada sobre la voluntad general y el contrato –no sobre la tradición y lo sagrado–, esa revolución es ante todo política. No inaugura por sí sola un nuevo régimen de desigualdades. Sigue habiendo ricos y pobres, rentistas y trabajadores, campesinos, artesanos, comerciantes y burgueses, propietarios y proletarios, pero no es aún una sociedad de clases.

Para eso, hace falta que, en el marco democrático, se instale un nuevo tipo de economía, un nuevo modo de producción: el de la Revolución Industrial. El régimen de clases sociales se construye en torno de una formación de una clase obrera miserable y el surgimiento de una clase de industriales capitalistas. Como ya nadie se define esencialmente por su nacimiento y su rango, la posición en la división del trabajo se torna central. Y es aún más esencial porque las desigualdades siguen siendo extremadamente fuertes, a la vez que se despliegan en un marco político y moral que afirma la igualdad de todos. Está claro que, en el apogeo del desarrollo industrial en Europa occidental, la mayoría de la población no pertenece ni a la clase obrera ni a la de los capitalistas. Si bien Marx destacaba el preeminente e ineluctable enfrentamiento entre proletarios y capitalistas, no dejaba de enumerar una docena de clases en Las luchas de clases en Francia. Más adelante, Max Weber trazaría una distinción entre las clases, definidas por las relaciones de producción, y los grupos, definidos por el poder y el prestigio; pero, a su juicio, el régimen de clases sería el de las sociedades industriales.

Este régimen de desigualdades es moderno en más de un concepto. En él las posiciones sociales se definen por el trabajo, la creatividad humana, y no por la tradición y el orden teológico-político. También es moderno porque, si bien las desigualdades de clases chocan con el principio democrático de la igualdad de los individuos, no se eliminan. Se las impugna en nombre de la igualdad democrática. Las clases sociales nacen pues del encuentro contradictorio entre la igualdad democrática y la división del trabajo capitalista. Más aún, son la expresión del conflicto entre esas dos dimensiones. Por este motivo, el régimen de clases va más allá de las fábricas y las grandes concentraciones industriales. Las clases sociales se convierten en «hechos sociales totales», un «concepto total», en términos de Raymond Aron. El régimen de clases es una manera de leer las desigualdades sociales, porque la sumatoria de las clases da un conjunto. Las posiciones en las relaciones de producción determinan los ingresos, los modos de vida, los vínculos con la cultura, las representaciones de la vida social y la oposición entre «nosotros» y «ellos». En ese sentido, no hay clases sin conciencia de clase, sin la articulación de una entidad para sí y una oposición a la clase dominante.

El postulado de una sobre determinación de las actitudes, las conductas y las representaciones por la posición de clase adquiere una consistencia tal que, durante un largo periodo, los sociólogos procurarían poner en relación posiciones sociales objetivas con actitudes subjetivas, a fin de «verificar» la existencia de las clases sociales. En Francia, esta manera de comprender las desigualdades se encarnó en Pierre Bourdieu, para quien el capital económico determina «en última instancia» las otras formas de capital.

Combates por la igualdad

El régimen de clases parece aún más robusto porque terminó por estructurar la representación política. Tras la oposición entre conservadores y liberales, clericales y modernos, monárquicos y republicanos, todos ellos definidos por su relación con el Antiguo Régimen, la representación política se construyó alrededor de los conflictos de clase, alrededor de la oposición entre los representantes de los trabajadores y los de la burguesía. En todas partes se establecieron izquierdas y derechas que supuestamente representaban clases, sus intereses y su visión del mundo1. En todas partes parecía que los obreros y sus aliados votaban a la izquierda y que la burguesía y sus aliados votaban a la derecha.

En la sociedad industrial, el régimen de clases sociales tuvo su expresión en movimientos sociales y sindicatos orientados hacia un modelo de justicia social que apuntaba a reducir las desigualdades entre las posiciones sociales, por medio de los derechos sociales, el Estado de Bienestar, los servicios públicos y las transferencias sociales. Ese modelo de justicia invitaba menos a desarrollar la movilidad social en nombre de la igualdad de oportunidades que a reducir las desigualdades entre las posiciones sociales y entre los lugares ocupados por los individuos en la división del trabajo2.

Si la movilidad social se desarrollaba, era porque la igualdad social ganaba terreno, pero la movilidad no era el primer objetivo de la justicia. El combate por la igualdad social era legítimo porque se tenía a los individuos por fundamentalmente iguales, pero también porque la sociedad debía devolver a los trabajadores una parte de las riquezas producidas, de las que la explotación capitalista los había despojado.

Los derechos sociales fueron ante todo los de los trabajadores y sus familias, protegidos contra los efectos de la enfermedad y el desempleo, y que, en nombre de su trabajo, conquistaban un derecho a la salud, el descanso y la jubilación. En la sociedad salarial, los derechos de los trabajadores se convirtieron progresivamente en derechos sociales universales3. Gracias a la acción de los partidos y sindicatos, y bajo el efecto de las huelgas y movilizaciones, las desigualdades se redujeron de manera notoria, sobre todo cuando el crecimiento permitió transferir riquezas hacia los trabajadores y los más pobres sin que la situación de los ricos se degradara. En definitiva, en el siglo xx las desigualdades sociales se redujeron porque eran ante todo desigualdades de clase.

Tanto más allá de la tradición marxista, la lectura de las desigualdades sociales en términos de clase terminó por imponerse. ¿Cuáles eran las dimensiones de clase del Estado, la educación, la cultura, los esparcimientos, el consumo? No era cuestión de solo trazar una correlación entre posiciones de clase, prácticas y representaciones colectivas, sino de mostrar cómo contribuían esas prácticas (y las instituciones) a la formación y la reproducción de un orden que desbordaba con mucho las fábricas y los consejos de administración.

Cuando este tipo de análisis predominaba en Francia, en las décadas de 1960 y 1970, las clases sociales funcionaban como un explicandum y un explicans, a la vez aquello que hay que explicar y lo que explica lo que hay que explicar: las clases explican las conductas y las conciencias de clase que, a su vez, explican las clases. El influjo de esta representación era tan poderoso que las otras desigualdades quedaban en un segundo plano y terminaban incluso por desaparecer en beneficio exclusivo de la desigualdad que importaba, la desigualdad de clase. Los migrantes se veían menos como desarraigados discriminados que como trabajadores super explotados; las desigualdades impuestas a las mujeres eran las de las trabajadoras y las esposas de trabajadores, y parecía darse por descontado que su igualdad pasaría solo por el trabajo.

En cierta medida, las clases sociales podían considerarse instituciones a las cuales se acoplaban representaciones de la sociedad, identidades y significaciones comunes. Suscitaban un orgullo en los individuos víctimas de las desigualdades, atribuían causas a las injusticias sufridas, escribían relatos colectivos, proponían utopías y memorias de combates. En el régimen de clases, las pruebas individuales estaban inscriptas en apuestas colectivas, en cierto sentido, anónimas. Para que esas «instituciones imaginarias» funcionaran, se convirtieron en «realidades» por acción de las asociaciones, los sindicatos, los representantes locales electos, los suburbios con alcaldes «rojos» (como sucedía en la periferia parisina), los movimientos de educación popular, los movimientos deportivos, etc. En la Europa industrial, las desigualdades de clase se cristalizaban en mundos sociales dominados y explotados, pero mundos que ofrecían a los individuos dignidad y capacidades de resistencia.

De los explotados a los inútiles

La cuestión no es saber si hay clases sociales. Sigue habiéndolas, sobre todo clases dirigentes que tienen una fuerte conciencia de sí mismas, de sus intereses y de su identificación con las «leyes» de la economía liberal. Lo que se nos plantea es saber si el régimen de clases sigue estructurando las desigualdades sociales y si enmarca las representaciones e identidades de los actores.

La situación actual, paradójica, lo es más por el hecho de que se caracteriza a la vez por la profundización de las desigualdades y el declive del régimen de clases. En no pocos aspectos, esta coyuntura histórica no deja de recordar la de la primera mitad del siglo xix, época en que surgían nuevas desigualdades al tiempo que se agotaba la sociedad del Antiguo Régimen. La cuestión social era la del pauperismo y las clases peligrosas, pero no todavía la de la «clase» obrera.

El agotamiento del régimen de clases es una de las consecuencias de las mutaciones del capitalismo mundial. Las sociedades industriales capitalistas se habían formado dentro de sociedades nacionales (más exactamente, dentro de sociedades nacionalizadas, protegidas por fronteras y derechos aduaneros y dirigidas por Estados soberanos que imponían culturas nacionales), pero la globalización cambió las cosas. Las clases obreras europeas y estadounidenses están ahora sometidas a la competencia de los trabajadores de los países emergentes, peor pagados e igualmente calificados, mientras que las antiguas burguesías industriales se han convertido en potencias financieras. En vez de la idea de un proceso de globalización homogénea, puede preferirse la noción de «capitalismo inconexo», uno caracterizado por la separación y la tensión entre las diferentes esferas de la actividad económica, los mercados financieros, la gobernabilidad de las empresas, los lugares de producción y el consumo.

Si bien la clase obrera nunca tuvo la unidad que se le atribuye, en gran medida el trabajo obrero se transformó con el sistema de producción «justo a tiempo», las relaciones directas con los clientes, las tecnologías inteligentes y la multiplicación de los estatus, mientras que en sectores enteros, como la construcción y las obras públicas, aún predomina la movilización de la fuerza física. Poco a poco la producción industrial deja de lado el taylorismo en beneficio del lean management, pero los empleos de servicios, por su parte, están cada vez más taylorizados. En promedio, actualmente los empleados ganan menos que los obreros.

En las grandes empresas, la relación social industrial cambió de índole. Si en épocas pasadas el propietario también era el jefe, presente en su fábrica y su castillo, como los maestros de herrerías, hoy el jefe ya no es necesariamente el propietario. Cuando las empresas cierran, ya no es inusual que se embargue a los ejecutivos para que el propietario, a menudo un grupo financiero, se dé a conocer y se manifieste. Las «formas particulares de empleo» (designación eufemística para los contratos de duración determinada y los de interinato) pasaron en Francia de 3,4% en 1983 a 10,5% en 1998 y a 12% en 2012. Con la «uberización» de las actividades aparecen trabajadores autónomos, dependientes de un único cliente o de la plataforma que les envía clientes, y clientes conminados a juzgar la calidad del servicio prestado. Los cuentapropistas son más pobres y frágiles que los obreros. ¿Cómo situar a esos «independientes dependientes» en una estructura de clases?

En definitiva, se yuxtaponen varios sistemas productivos. Unos participan directamente en la globalización de los intercambios y el desarrollo de las tecnologías de punta, mientras que otros permanecen en mercados nacionales y nichos locales. Una parte de los trabajadores, importante en Francia, se desempeña en los servicios públicos, donde, si bien estos están protegidos, sufren como los demás las nuevas formas de gerenciamiento. El personal de salud de los hospitales públicos está bajo ese sistema, tal como sucede con los obreros, aunque esto no enriquece a nadie. Por último, una parte creciente de la población se enfrenta al desempleo, la precariedad del trabajo ocasional y el trabajo informal, cuando no está por completo excluida4. Hoy en día, los más pobres son «sin clase» o underclass. No son tanto explotados como relegados, «inútiles».

La salida del régimen de clases

Incluso si se piensa que las clases siguen existiendo, el sistema de clases estalla. La misma clase social se difracta en una serie de mercados económicos y mercados laborales. La vieja división entre los obreros no calificados y los obreros profesionales es sustituida por un estallido de las calificaciones y los estatus: lo que constituía la unidad de la clase obrera parece cada vez más incierto.

No mucho tiempo atrás, los sociólogos buscaban las desigualdades «detrás» de las clases sociales; en cambio, ahora algunos de ellos buscan las clases sociales, principios de unidad, «detrás» de las desigualdades. Así como antes hablábamos de clases sociales, estructura, explotación y estratificación funcional, hoy en día hablamos de desigualdades, en plural. Los trabajos sobre las desigualdades han tenido un crecimiento explosivo en Francia y todos los demás países5. Se han multiplicado porque las antiguas clases sociales ya no pueden definirse por la sumatoria más o menos estable de desigualdades. Se puede ser obrero y haber estudiado hasta pasados los 20 años, ser el compañero de una empleada, vivir y consumir como las clases medias, o bien provenir de un país pobre, tener un empleo agotador y precario, residir en un barrio de «viviendas sociales» de los suburbios o vivir en un barrio considerado como un «gueto».

Esta dispersión de las condiciones de vida se acentúa debido a lo que Olivier Galland llama «desestandarización de las trayectorias». La trayectoria típica –estudios, trabajo, matrimonio, trabajo, jubilación– sufre en gran medida un cambio radical a causa del largo periodo de espera hasta conseguir un empleo estable, las idas y vueltas entre el empleo, el desempleo y los estudios, la formación tardía de la pareja, las separaciones, los nuevos matrimonios y las familias ensambladas, las largas jubilaciones y la prolongada vejez. Ahora bien, todas esas trayectorias biográficas son factores considerables de desigualdad; para convencerse, basta con ver la proporción de familias monoparentales entre los pobres.

El estallido del régimen de clases abre el espacio de las desigualdades a la multiplicación de los grupos; de estos, ninguno puede definirse verdaderamente como una clase social. A la dualidad de proletarios y capitalistas y la tripartición de las clases altas, medias y bajas, se han sumado nuevos grupos: los ejecutivos y los creativos6, los cosmopolitas móviles y los locales inmóviles, los incluidos y los excluidos, los estables y los precarizados, los urbanos y los rurales, las clases populares y la underclass, etc. A esas dicotomías, definidas más a menudo por la relación con el cambio que por una posición jerárquica, conviene sumar la distinción cada vez más predominante entre los nacionales y los migrantes, los mayoritarios y los minoritarios, las edades y las generaciones, los hombres y las mujeres.

Ahora bien, todas estas distinciones afectan directamente el régimen de clases sociales. Por ejemplo, los trabajadores inmigrantes con vocación de ser trabajadores «como los demás» son gradualmente percibidos como minorías. Cuantas más minorías hay en las sociedades (o, en todo caso, cuanto más se ven), más restrictivas y reservadas a los semejantes son las solidaridades y más fuertes parecerían ser las desigualdades sociales7.

Clases populares, en plural

El tema de la sociedad de consumo parece haber pasado de moda. Sin embargo, pese a que el consumo masivo, como tal, no ha reducido las desigualdades, sí ha afectado profundamente las barreras entre las clases. Para valerme de las palabras de Edmond Goblot, los «niveles» han sucedido a las «barreras». Antes unos estaban privados de los bienes de los cuales otros disponían –automóviles, electrodomésticos, televisores, vacaciones–; en cambio, desde la década de 1960 todos o casi todos acceden a ellos.

Esto no engendra una vasta clase media informe y homogénea, porque una jerarquía fina de niveles de consumo sustituye a las viejas barreras de clase. Se distinguen menos los hogares con automóvil y los hogares sin automóvil que los modelos, precios y sus categorías. Se distinguen menos quienes salen de vacaciones y quienes no salen que quienes acampan en sitios agrestes y quienes esquían o tienen una casa a orillas del mar.

Si bien esta gradación socava las barreras de clase y favorece la homogeneidad de los modos de vida, exacerba los procesos de distinción, cuando la posición social se expone sin cesar a través del consumo. Las clases altas buscan continuamente los signos de su distinción, mientras que las clases bajas tratan de apropiárselos. Así, como bien saben todos los «creativos» del negocio de la publicidad, lo que ayer era «distinguido» hoy se torna «vulgar», no bien las categorías inferiores se lo apropian. Con esos procesos, las desigualdades cambian de índole: ya no marcan una oposición entre «nosotros» y «ellos», sino que se distribuyen a lo largo de una escala fina y sutil del prestigio asociado al consumo. Una escala que atraviesa las propias clases sociales, porque cada uno debe distinguirse tanto de su vecino como de los miembros de otra clase. Las clases populares, en plural, reemplazan a la clase obrera en singular8.

Se puede observar el mismo mecanismo en ámbitos a priori alejados del consumo. Si el mundo juvenil de las décadas de 1950 y 1960 estaba tenazmente escindido entre una juventud que trabajaba al final de los estudios obligatorios y una juventud que proseguía sus estudios en el lycée o la universidad, la masificación escolar trasladó las desigualdades al seno mismo de la escuela. Hoy en día, casi 80% de los jóvenes de 20 años está escolarizado, pero las desigualdades oponen los establecimientos escolares, las especializaciones, las formaciones elegidas, las lenguas estudiadas: sin excepción, estos elementos disfrutan de un prestigio bien consolidado. Tal como en el consumo, la masificación puede exacerbar el sentimiento de desigualdad, porque uno no se compara con quienes están más alejados, sino con quienes están relativamente cerca.

Para retomar las palabras de Edgar Morin, constataremos que el consumo de masas desencadenó un «cracking cultural». Donde había moléculas sociales integradas –las clases–, reveló una multitud de átomos cada vez más pequeños. En otros términos, el consumo multiplicó los públicos, sin que estos abarquen posiciones de clase: los jóvenes, los no tan jóvenes, los urbanos, los rurales, los aficionados al fútbol, los aficionados a la música, etc. Y dentro de esos públicos, en especial, se multiplican las tribus y subtribus en función de sus esparcimientos, sus gustos y sus estilos. Basta con observar a un grupo de estudiantes secundarios para calibrar la tiranía de las marcas y los looks, el peso del conformismo y la expansión de las tribus juveniles. De igual manera, cuando las pantallas, las redes y los canales se multiplican, los públicos proliferan y, en gran medida, se individualizan, ya que cada cual compone su propio programa en afinidad con quienes le son cercanos.

Así, la teoría misma de la distinción cae en el descrédito. Si bien Bourdieu postuló que la escala de los gustos culturales era isomorfa con las jerarquías sociales, la sociología del consumo actual pone en evidencia lógicas «omnívoras». Los individuos componen sus propios gustos con préstamos de los diversos registros de la cultura: a alguien pueden gustarle a la vez la ópera, el rap, el fútbol y los reality shows. ¡Y lo chic que puede ser! Por eso, se busca una distinción respecto de una categoría social inferior, a la vez que se afirma una singularidad con respecto a la escala convencional de las distinciones.

Nota: este artículo es un fragmento del libro La época de las pasiones tristes. De cómo este mundo desigual lleva a la frustración y el resentimiento, y desalienta la lucha por una sociedad mejor (Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2020).

  1. Estados Unidos escapa a esta tendencia en razón de una industrialización tardía, pero más aún porque, en una sociedad de inmigración, la tensión entre los grupos ya instalados y los recién llegados desplaza la brecha entre clases hacia las comunidades.
  2. F. Dubet: Repensar la justicia social. Contra el mito de la igualdad de oportunidades, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2011.
  3. Robert Castel: Las metam\\orfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado, Paidós, Buenos Aires, 1997.
  4. Robert Reich: El trabajo de las naciones, Javier Vergara, Buenos Aires, 1993.
  5. O. Galland y Yannick Lemel: Sociologie des inégalités, Armand Colin, París, 2018; Jan Pakulski y Malcolm Waters: The Death of Class, Sage, Londres, 1996
  6. Luc Boltanski: Les cadres. La formation d’un groupe social, Minuit, París, 1982; Richard L. Florida: La clase creativa. La transformación de la cultura del trabajo y el ocio en el siglo XXI, Paidós, Madrid, 2010.
  7. Robert D. Putnam: «E Pluribus Unum. Diversity and Community in the Twenty-First Century. The 2006 Johan Skytte Prize Lecture» en Scandinavian Political Studies vol. 30 No 2, 6/2007.
  8. Yasmine Siblot, Marie Cartier, Isabelle Coutant, Olivier Masclet y Nicolas Renahy: Sociologie des classes populaires contemporaines, Armand Colin, París, 2015

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 292, Marzo - Abril 2021, ISSN: 0251-3552

https://nuso.org/articulo/el-fin-de-la-sociedad-de-clases/

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Eddie A. Ramírez S.

¿Qué ha cambiado con el cuestionado CNE y con las declaraciones de Capriles, de Aveledo y de varios portavoces de gobiernos democráticos? ¿Cambió la situación política? ¿Fue un paso atrás, hacia la democracia, hacia el abismo o un pasito tun tun, es decir pa´ca y pa´lla?

El CNE: Sin duda el CNE fue nombrado por un grupo de ciudadanos a los que no reconocemos como diputados. Además, varios de ellos no cumplen con lo establecido en la Constitución. Sin embargo, algunos compatriotas, demócratas bien intencionados, consideran que es preferible explorar si con este CNE es posible iniciar una salida no traumática. A veces hay que tragar grueso para evitar males mayores.

Está claro que las elecciones regionales no resuelven nuestros problemas. También que Márquez y Picón estarán en minoría, con voz, pero sin que su voto cuente en las instancias del CNE. Desde que el chavismo-madurismo está en el poder ha controlado al CNE y este ha permitido trampas, entre ellas la instalación de mesas de votación clandestinas y el abuso del voto asistido. La trampa no está en las máquinas, sino cuando estas se dejan sin testigos y se extienden las horas de votación. El Registro Electoral no es confiable, pero no es allí donde está la trampa decisiva. Los militares del Plan República a veces han interferido en la votación, pero han sido casos aislados. A pesar de lo señalado, es preferible contar con dos rectores no afectos al régimen, que quizá no puedan impedir las trampas, pero que sí pueden denunciarlas. Descalificarlos es injusto y torpe. Habrá que esperar su actuación, que ojalá no sea timorata.

Capriles y otros voceros: Enrique Capriles reconoció a este CNE, considerándolo “un primer paso indispensable para abrir camino de cara a la democracia”. Añadió que “es una forma de empezar a abrir caminos… los cambios requieren mucho más que un árbitro electoral con contrapeso, pero esta es una oportunidad que ocurre en medio de una crisis política que permanece estancada". Capriles no es un colaboracionista. Su pecado es distanciarse del resto de la dirigencia opositora, con lo que debilita las negociaciones que esperamos continúen. Quiere volver a la palestra para ganar los puntos que ha perdido.

Citamos también a Ramón Guillermo Aveledo porque es un político de trayectoria impecable. Al respecto declaró que “el nuevo CNE abre una rendija de esperanza”, agregando que no está rebozando de optimismo, pero cree es un pequeño paso importante. Añadió que “hay que resolver otros puntos y que los estándares internacionales son muy claros para que haya elecciones libres, competitivas y justas”.

Varios voceros internacionales democráticos han saludado la designación del CNE, pero también han recalcado que eso no es suficiente, mencionando la necesidad de un Poder Judicial independiente, la necesidad de observación internacional y que “un CNE escasamente más equilibrado no sustituye a un proceso integral que conduzca a elecciones presidenciales y parlamentarias”.

Plataforma Unitaria Venezolana: Esta Plataforma, al frente de la cual está el presidente Guaidó, e integrada por 38 partidos políticos, manifestó que “Reiteramos que, ante la gravísima tragedia humanitaria y el sufrimiento del pueblo venezolano, la verdadera solución de fondo, consiste en construir un Acuerdo Político, Social y Humanitario que sea producto de una negociación integral con facilitación y mediación internacional. No debe imponerse unilateralmente al árbitro electoral. El CNE, así como el resto de las condiciones electorales, deben acordarse para que todos podamos tener elecciones libres, justas y competitivas”.

Situación política: No es la misma que hace algunos meses. El apoyo internacional pareciera haberse entibiado, las sanciones no han surtido todo el efecto deseado, aunque es evidente que Maduro se ha debilitado y pudiese estar dispuesto a ceder en algunos puntos. La oposición ha perdido cohesión. Los activistas de los partidos están deseosos de lograr una cuota del poder regional. Sin ese poder difícilmente podrán subsistir y los partidos se debilitarán aún más. No es lo mismo una elección parlamentaria que una regional. La población de los estados y municipios seguramente preferirá gobernadores y alcaldes que no sean rojos. Desde luego que el régimen hará lo posible por no reconocer a las autoridades electas de la oposición, como hizo con Andrés Velásquez y Guanipa, a través del sumiso TSJ, y en otros casos impondrá los llamados Protectores Por otra parte, hay que considerar que nos expresamos masivamente en la reciente Consulta Popular, exigiendo el cese de la usurpación de Maduro ¿Podrán los que decidan participar convencer a sus electores de acudir a las urnas?

Personalmente preferiría una intervención de la Fuerza Armada en respaldo a la Constitución. Descarto ese temor de algunos del peligro de que se queden con el coroto. Sus integrantes están conscientes de que están desprestigiados y que la comunidad internacional y los venezolanos no aceptaríamos otra dictadura. Ojalá se produjera un 18 de octubre de 1945 o un 23 de enero de 1958, pero como eso no depende de nosotros, no queda sino apostar a otras opciones. Por lo pronto, pareciera que lo prudente es no descalificar a los dos demócratas designados rectores del CNE, presionar por un frente unitario al que se incorporen Capriles, María Corina y Ledezma y que continúen las negociaciones para lograr mejores condiciones. Si se consiguen, y a falta de otras opciones reales, quizá lo procedente sería votar, a sabiendas de que solo la salida de Maduro y sus acólitos permitirá la recuperación del país y el establecimiento de la democracia.

Demos tiempo al tiempo y confiemos que la presión internacional y la unidad obligue a Maduro a ceder. Por ahora, ni remotamente hemos dado un paso como el de Neil Amstrong, sino más bien un pasito tun tun o como el de la canción del mexicano Bruno de Jesús: dos pasitos para un lado, uno para adelante y otro para atrás. Pero hay que perseverar.

Como (había) en botica: Maduro es directamente responsable por la muerte de cientos de venezolanos por falta de vacunas y de servicios hospitalarios adecuados. También por la escasez de combustibles, medicamentos y otros productos.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

11 de mayo 2021

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Humberto García Larralde

En las recientes elecciones en la Comunidad Autónoma de Madrid, la polarización le entregó el triunfo a Isabel Díaz Ayusso, candidata del Partido Popular. A ello contribuyó mucho Pablo Iglesias, candidato del partido Unidas Podemos, quien basó su campaña en instigar a la izquierda a cerrarle el paso a la derecha “fascista”. Puestos a elegir entre extremos y gracias al espantoso ejemplo del chavismo en Venezuela, el verdadero peligro que percibieron muchos madrileños era todo lo que oliera a “izquierda”. Porque el régimen chavo-madurista se ha erigido, mundialmente, en la peste que es menester evitar. No es de sorprender que los venezolanos, en particular, comprasen íntegramente la disyuntiva “comunismo o libertad” con que la Sra. Díaz Ayusso resumió su llamado a votar por ella.

En las elecciones presidenciales de EE.UU. sucedió algo parecido. La polarización, deliberadamente buscada por Trump, cuadró automáticamente a furibundos venezolanos antichavistas detrás de él. Biden fue denunciado como comunista, cuando no pederasta, financiado por Bill Gates y George Soros para instalar ahí el socialismo, entre otras estupideces. En ambos casos, quienes adoptaban estas posturas maniqueas, de blanco y negro, se les escapaban –o no les interesaban—las propuestas concretas de gestión de los candidatos, y/o la evaluación de los errores o aciertos de su pasada gestión. La polarización estimula una adhesión ciega que apela a lo emocional, no a la razón, independientemente de si se ubica en la izquierda o la derecha. Encuentra asidero en mentes débiles, ahítas de seguridades para sus referentes existenciales, que huyen con temor del vacío que significa pensar con criterio propio.

El populismo se alimenta de la polarización, por lo que la promueve activamente. Parodiando a Lenin, se diría que el populismo es “la fase inferior del fascismo”. A pesar de los esfuerzos de algunos analistas, como Federico Finchelstein y Jan-Werner Müller, por separar quirúrgicamente ambos fenómenos, lo que realmente distingue al populismo de su vertiente más extrema, fascista, es que se encuentra constreñida por instituciones que impiden el usufructo, sin restricciones, del poder. De haber tenido éxito Trump en su asalto al Capitolio y en voltear el resultado electoral para quedarse en la Casa Blanca –obviamente, con la anuencia del mando militar--, hubiéramos visto, seguramente, que incitaría a sus bandas, también, contra gobernadores de estado o directores de agencias federales, para hacer prevalecer sus delirios de poder. Tendríamos que llamarlo, con razón, fascista. Paradójicamente, habría uniformado a sus huestes de rojo, igual que hizo Chávez con las suyas, por ser éste el color del partido republicano. Pero no, las instituciones de la democracia estadounidense estuvieron a la altura. En la Hungría de Orbán, juegan papel importante sus ataduras con la Unión Europea, baluarte del ejercicio liberal de gobierno.

Pero las instituciones, en última instancia, derivan sus fortalezas de los valores y pareceres de la gente que las sostienen. Muchos venezolanos fueron capturados por la demagogia de un teniente coronel sin escrúpulos, quién, con una proclama patriotera en la que se proyectaba como auténtico heredero de Bolívar y, luego, con un socialismo de reparto con base en lo que ordeñaba de la renta petrolera, logró su anuencia para desmantelar las instituciones democráticas y acorralar los mecanismos de mercado. Concentro todo el poder en sus manos. Y, con la complicidad de militares traidores, le abrió las puertas al castro-comunismo cubano para que lo asesorara en la instalación de un terrorismo de Estado. Su arremetida populista tuvo éxito en violentar los esquemas de la democracia liberal hasta poder consolidar su forma extrema, fascista, valiéndose, en este caso, de categorías y simbolismos de izquierda.

El resumen anterior, que todos conocemos al detal por ser sus sufrientes directos, se trae a colación porque plantea un serio desafío para el tránsito hacia la democracia en nuestro país. En esta dinámica maniquea, algunos, como ocurrió en EE.UU., pueden dejarse tentar por otro fascismo, pero de derecha, al estilo Bolsonaro o de Trump, para enfrentar al de Maduro. Es menester advertir que esta dinámica amenaza con encasillar las opciones políticas en América Latina, como evidencian las recientes elecciones en Ecuador y Perú –también en Bolivia--. Parece avivarse, además, con las protestas actuales en Colombia, como antes hizo con disturbios similares en Chile y Perú.

En todo el continente, la pandemia ha agravado visiblemente los problemas de pobreza, inseguridad y desempleo de la gente, creando un caldo de cultivo para prédicas populistas redentoras. Distintos opinadores señalan que las fuerzas detrás del llamado Foro de Sao Paulo estarían articulándose para cosechar el descontento, azuzando la polarización contra el neoliberalismo y los “gobiernos de derecha”. Enfrentar esta amenaza exitosamente lleva a evitar la dinámica polarizadora “izquierda – derecha”. Entre otras cosas, implica copar los espacios que reivindican planteamientos de justicia social y desnudar la impostura de Maduro y sus similares por lo que es: un disfraz de izquierda para prácticas neofascistas.

La defensa del progreso, la libertad y el bienestar en América Latina, y en Venezuela en particular, si bien requieren defender y fortalecer las instituciones que les sirven de resguardo, no se resume en defender el status quo (o en regresar al pasado, en el caso nuestro), más con los errores achacables, muchas veces, a los gobiernos de turno.

Hablar de “izquierda” y “derecha” ha perdido sentido para caracterizar a muchos de los asuntos en disputa en la contienda política por la que parece atravesar el continente. Pero si en algo deben distinguirse posturas antes identificadas de izquierda democrática, “progresistas”, de “avanzada”, de “justicia social” o como quiera que se le quiera llamar, es con relación a la defensa, a ultranza, de los derechos humanos. La mayor conquista de la humanidad ha sido, plausiblemente, la firma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos por parte de los países miembros de las Naciones Unidas. Si bien puede que no se cumplan cabalmente en ningún lado, constituyen un referente grabado en piedra, asumido formalmente por todo el mundo, que difícilmente puede ser ignorado. Esta conquista es parte intrínseca de una cultura política de naturaleza liberal, respetuosa de la pluralidad política y religiosa, de la libertad de profesar opiniones diferentes y de otros derechos inalienables del ser humano. En el marco de lo que puede llamarse “economía social de mercado”, el liberalismo constituye el fundamento de un bienestar individual y colectivo basado en la justicia social, como la que disfrutan, hoy, los países de Europa Occidental. Si se quiere dar contenido efectivo a un rótulo que desea identificarse como de “izquierda”, tiene que ser desde una postura liberal.

Esta postura no debe confundirse con lo que muchos llaman “neoliberalismo”. Éste reduce las opciones de política a decisiones sobre el manejo de la economía que no espanten al capital financiero, presto a dejar a gobiernos en la estacada e irse con sus fondos a otra parte, si no atienden sus intereses. Esta capacidad de chantaje explica, en buena parte, la concentración del ingreso y la acentuación de las desigualdades en EE.UU. y otros países en los últimos 40 años. De ahí la significación de la propuesta del presidente Biden a favor de un impuesto base a las grandes empresas, compartido de manera uniforme en todo el mundo, para evitar la competencia entre países por desmontar los suyos, en aras de atraer capitales. La agenda liberal, centrada en crear condiciones que permitan a cada quien aprovechar las posibilidades que le abre un marco legal de igualdad ante la ley, requiere financiarse pechando lo que corresponde a los poderosos.

Defender el liberalismo es todo lo contrario a pretender que, en Venezuela, se aúpe a un Bolsonaro o a un Trump criollos, a cuenta de sacar a Maduro, quien se autodefine de “izquierda revolucionaria”. Con esta calificación, encubre la experiencia más retrógrada, oscurantista y negadora de los derechos básicos experimentada en el país desde Juan Vicente Gómez. No le demos beligerancia, ni mucho menos autoridad moral, a las prédicas “justicieras” de Maduro y sus militares corruptos, con otra opción retrógrada creyendo que es contraria. No nos dejemos encasillar por una dicotomía “izquierda – derecha” con que buscan avasallar las posibilidades de construir, entre todos, una opción efectiva ante su oprobiosa dictadura.

Economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela

humgarl@gmail.com

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Américo Martín

He tomado de una densa reflexión de mi admirado amigo Luis José Oropeza, la mitad de su título con el objeto de ilustrar mi columna de esta semana en TalCual, diario fundado por Teodoro Petkoff en el cual escribo ininterrumpidamente desde hace 21 años, es decir, una semana sí y la siguiente también, aparte de las colaboraciones especiales que me pide este indoblegable medio. Venezuela: fábula de una riqueza. El valle sin amos. Artesano Editores. Cedice Libertad 2014.

¿Por qué me quedo con la segunda parte del título de Luis José? Simplemente porque El valle sin amos viene al pelo para ilustrar la dramática situación electoral de Venezuela. Son muchos partidos, individuos y movimientos los llamados a tomar las decisiones fundamentales pero, a tenor del Evangelio según Mateo 22:14, pocos los seleccionados.

Cualquiera que sea el significado de estos versículos, lo cierto es que la gran masa de los que asumen responsabilidades direccionales no ayuda a descifrar sentidos sino a confundirlos. Y de allí, sin más, que el valle –la causa primaria– en otras palabras se enturbia cuando sobran las manos que agitan el caldo.

De los amigos en la hirviente olla política dependerá, pues, todo: la victoria, la derrota o resultados ambiguos de los que resulta a veces muy costoso desligarse, proponiendo nuevas líneas de acción. Es de una obviedad perfecta tratar de evitar conclusiones procedentes de muchas voces que terminan cayendo en estados desconcertantes, sea por contradecirse a cada paso, sea por desenvolverse en pugnas de mala fe, decisiones personales por la obsesión de controlar la organización para someterla a designios personalísimos. Para sobrevivir a esas tormentas, generalmente mezquinas, brotan las continuas fricciones y divisiones que perjudican los esfuerzos unitarios, sin los cuales, por cierto, ni los proyectos más inteligentes pueden salir bien librados.

Están al alcance de los integrantes del oficio político los más simples, los menos cultos, los más improvisados, algunas reglas del accionar público, sin manejo de las cuales mejor sería retirarse del juego. Ganar amigos para fortalecer la lucha común antes que perderlos por ignorancia, incomprensión o por incapacidad para dominar pasiones. El correlato de la idea de ganar amigos es construir la unidad sin viejas cuentas por cobrar, no confundir la necesaria justicia con la contraproducente y maligna venganza.

El colosal viraje de la guerra emancipadora impulsada hacia el infinito por el decreto de Guerra a Muerte, dictado por Bolívar en Trujillo, y abolido por aquel caraqueño visionario para dar paso al Pacto de Regularización de la Guerra, fue aceptado por Pablo Morillo, el máximo general de las fuerzas realistas, y ratificado por ambos con un histórico abrazo en Santa Ana, que siguió elevando al cielo el prestigio de acción de la causa americana en todas las capitales europeas y especialmente el del Libertador, que con tanta destreza demostraba que la política era la continuación de la guerra hasta la victoria por medios civilizados y en lo posible, incruentos.

Sé que me saldrá al paso esa fórmula en la versión original del notable general prusiano Carl Clausewitz, quien antes que nadie la asomó, aunque esencialmente distinta a la que acabo de evocar.

La guerra es la continuación de la política por otros medios, había consagrado el hábil prusiano. Rota la paz, la guerra tiende a continuarla, desarticulada la guerra, serán los políticos quienes desvíen hacia la paz las furias guerreras. El tigre Clemenceau había dicho que la guerra es un asunto demasiado serio para dejarla solo en manos militares.

Vuelvo a lo pendiente, las elecciones, la paz y la mano tendida son armas propias de la democracia moderna y civilizada. Lo que nos tiene la brida amarrada es que hay muchos centros de discusión con ganas de derrotar a los rivales. Se favorecen los desarreglos en lugar de los acuerdos. Guaidó es un demócrata consagrado, Maduro tendría que cambiar su política y dotarse de nuevas convicciones. Pero, como el mundo se ha involucrado generosamente en la redemocratización y retorno de la centelleante prosperidad de nuestra maltratada nación, es menester que se halle cuanto antes un acuerdo mundial para que Venezuela sea democrática y próspera como en el mejor de sus momentos históricos, mediante el sufragio libre, transparente y con el acompañamiento universal de las naciones civilizadas.

¿El valle sin amos? Los amos del valle calificaban, no sin sorna, al privilegio mandamás de los poderosos que cuando menos lograban imponer acuerdos pragmáticos. Pues, resulta que se necesitan líderes, no amos, que sepan y puedan armar un valle que se les ha perdido dejando en el desamparo de soluciones a nuestro recio pueblo. Para que haya acuerdos necesitamos líderes tan aptos o mejores que los que iluminaron nuestro pasado. Los hay, sin duda, así como las buenas decisiones que deban tomarse. Solo falta que se unan y pongan la gran causa democrática en movimiento, con la seguridad de que nuestro gran pueblo acompañará las buenas razones del liderazgo.

Twitter: @AmericoMartin

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Carlos Raúl Hernández

Descuidado busca un libro en el alto de la biblioteca, tropieza, se cuelga de ella y se le viene encima. Tendrá que reconstruir el mueble, recoger los libros, ordenarlos, posponer la lectura y pasar algún moretón. Su torpeza lo alejó del propósito. Siempre insisto en la categoría de efectos perversos, según Maquiavelo propia de quien no tiene lo que hay que tener para ser El Príncipe: todo lo que hace por un objetivo le sale mal, lo aleja de éste y fortalece al adversario.
Por el contrario, cada paso de El Príncipe lo acerca a la meta y descalabra a su oponente. Para el autor la esencia de la política está en ese principio y sus declinaciones: no unifiques, divide a tus enemigos, responde ataques solo cuando ganes al responder, -hay quienes mejoran cuando les respondes-, apoya a tus amigos, habla suave, pero con un bate 42 en la mano y decidido a usarlo. Dispara a las debilidades y no las fortalezas.
Los norteamericanos confunden las acciones desde hace cuatro años ciento quince días, y vigorizan a quienes quieren derrotar. El insulto a Putin, la humillación a delegados chinos invitados a Alaska en febrero y amenazas a Alemania por el Nord stream 2 crearon un sismo geopolítico. Chinos y rusos conforman ahora un bloque hostil, y Europa se alejó de su aliado. No bastaba la montaña de libros y tablas rotas en el suelo y el gobierno norteamericano quita la paja del hombro a Erdogan.
Por si no hubiera problemas en el mundo, denuncia (24/4/21) la masacre perpetrada por el Imperio otomano a los armenios en 1915. Era el Califato, otro sistema político, porque la república de Turquía nace en 1934 con la revolución de Ataturk. No debe haber simpleza mayor que pasar facturas históricas cuando los culpables están muertos, pero ofende el honor de naciones, una provocación.
¡El degenerado Jerjes ocupó Grecia¡
Como si decidieran encarar a Merkel por los seis millones de judíos de la masacre nazi, a Italia por la invasión de Julio César a las Galias y el secuestro de Versingetorix o a Gorbachov por la invasión a Checoslovaquia. No hay territorio en el mundo que no fuera atropellado por potencias extranjeras incluso varias veces, y si los países se dedicaran a sacarse trapos, no habría tiempo para más nada. Agreden a un importante socio de la OTAN que cuenta tal vez con el ejército más poderoso de la entente.
En Turquía tiene EEUU Incirlik, su más importante base aérea para operar en Medio Oriente y otras tres con un total de 5.000 hombres. Más bien tenía, porque les dieron dos semanas para abandonar el territorio, “independientemente de que el Pentágono esté preparado” ¿Por una bravata en el patio del colegio? El academicismo cabe en tesis de licenciatura, no en jefes del mundo.
En la sublime indignación por crimen de hace ciento seis años contra armenios, hay un bemol de negocios. Los turcos debían producir más de mil piezas del supersónico gringo F-35 y adquirir cien aviones, pero se les ocurrió comprar sistemas antiaéreos S400 a Rusia y no misiles Patriot a EEUU. Entonces este canceló el contrato, aplicó sanciones, -quién podía dudarlo-, y flotaron los cadáveres históricos con la ruptura “de principios”.
…sigo buscando tu amor
Un gran favor para Putin, vulnerable ante Erdogan porque la flota del Mar Negro accede al Mediterráneo por el Bósforo-Mármara. Rusia y Turquía han vivido varias rupturas graves, a punto de crisis militar, que pusieron a prueba la sangre de sorbete del Presidente ruso. En 2016 tropas turcas en territorio sirio derribaron un Sukhoi y, por si fuera poco, ametrallaron los dos pilotos en paracaídas y uno de ellos murió.
Apoyada por OTAN, respondió arrogante que no se disculpaban. Ese mismo año, el mundo presenció las tremebundas escenas de un policía de civil que asesina al embajador ruso en Ankara cuando inauguraba una exposición de arte. El año pasado, en plena luna de miel con la OTAN, también abatió absurdamente un Mig-29 ruso sobre Libia.
Pero las sanciones norteamericanas en este trimestre alteran súbitamente el juego, y hay reconciliación, porque Erdogan se involucra en la alianza ruso-china, un dispositivo duro y de cuidado. Putin, pese a su fama de Harry el sucio, y a quien no le importa la Historia, esperó paciente que sus enemigos se enredaran y habla con moderación y acciones peligrosas. Pero Maquiavelo pasó por Washington e invitó a bajar la presión sobre Erdogan.
“Hablarnos con franqueza” planteó en cálido tono Biden a Erdogan, pero… ¿ganará su corazón? El Secretario Blinken (28/4/2021) declara sobre mejorar las relaciones, aunque, extraño, insiste en los conflictivos cohetes S400. Y el General Kenneth Mckenzie, Jefe del Comando Central de EEUU expresa: “Turquía es un socio vital y un ataque contra ella es contra toda la alianza… los dos países deben enfocarse en los acuerdos y no en los desacuerdos”. Wait and see.

@CarlosRaulHer

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