Soledad Morillo Belloso
El abismo se abrió de verdad
Endeudados
¿Qué significa la renuncia de Edmundo?
Palma, Haussmann, Monaldi y Figueredo: Cuatro tocando la campana
¿Cambio o pura narrativa?
Lo que sirve y no sirve de la ONU
La ONU es un edificio que a veces parece un faro y a veces un museo. Un faro porque ilumina rutas en medio de tormentas que no le pertenecen; un museo porque conserva vitrinas de promesas que el mundo observa con nostalgia o desconfianza. En sus pasillos resuena el eco de un planeta que quiso ser mejor, pero que todavía arrastra las cadenas oxidadas de 1945.
El barranco infinito
Supongamos que de aquí a unos meses logramos salir de esta pandemia, tarde, pero lo logramos. Será entonces tiempo de enfrentarnos con la cruda realidad.
El nuevo presidente de Fedecámaras, paisano, se estrena. Pasados los momentos de recibir las palmadas en el hombro, y luego de quedarse a solas, imagino que le llegó el momento de angustia. Porque por mucho entusiasmo que sienta, sabe él que el panorama no es nada auspicioso, ni para el empresariado ni para el país.
Es rigurosamente cierto que el régimen puede hacer cosas para destrabar el juego. Para empezar, puede tomar decisiones menos ideológicas. Hablamos de derribar barreras que el mismo régimen creo y que hoy son su peor enemigo. Claro, muchos en su propio círculo de asesores le advierten que tenga cuidado con cambiar el discurso y la narrativa, pues al hacerlo puede empezar a parecerse a la oposición. Eso no es cierto.
Vietnam. Luego de una guerra horrorosa, el régimen impuso su ideología. Así fue durante años. Hasta que llegó el momento de entender que así no se lograba nada. Y si bien no renunciaron en ese régimen al diseño político, pues rediseñaron el modelo económico. Hoy Vietnam no es ni parecido a lo que era en tiempos de la posguerra. Y seguramente de aquí a unos años, habrá además una reforma política que permita algo que se parezca más a un sistema democrático que a ese absolutismo de un partido que todavía priva.
No sabemos qué es primero, si el huevo o la gallina. No voy a decir que Maduro es capaz de conducir el viraje que necesita dar Venezuela. De veras que me parece que le falta lo elemental: conocimientos, destrezas y liderazgo. Pero me pregunto cómo acortar el camino de la reforma que obviamente necesitamos. Si me fijo en los que hablan de esperar un revocatorio o las elecciones presidenciales en la fecha que «tocarían», bueno, entonces tengo que apuntar que de aquí a allá el deterioro del país va a ser mucho peor que el que padecemos. Bien. Entonces hay que, o acortar los lapsos, o, lograr que las reformas económicas que son urgentes se produzcan antes que los cambios políticos.
Maduro no quiere soltar el coroto. Puede ser que los acontecimientos le pinten un escenario muy complicado. No son dos conchas de ajo lo que puede ocurrir en la CPI. Y nadie me va a convencer que en Miraflores y Fuerte Tiuna no están angustiados. Lo están. Pero también saben que eso, un posible proceso en esa instancia judicial tomará tiempo. No es la escena de una película, es una película larga y de muy compleja producción, con muchos actores.
Bien. ¿Qué hacemos? ¿Nos encerramos en nuestras casas y nos plantamos? Si hacemos eso, pues morimos. De mengua.
Las elecciones del 21N me dan grima. Son un pichaque. Y no hay un solo candidato que me mueva el piso. Para completar el tedio, el CNE anuncia que habría penalización con cárcel para aquellos ciudadanos que incumplan su «deber» de actuar como miembros de mesa, en caso de haber sido seleccionados para tal función. La torpeza de ese anuncio no hay cómo adjetivarla. Han sumado así una razón más al portafolio de razones para no votar. Porque a juro, nada. Ni votar ni ser miembro de mesa. Sin embargo, aún sin haber tomado una decisión en firme, es probable que yo el 21N vote. Y espero que de aquí a ese día algo inspire a las organizaciones y los candidatos para que digan algo mínimamente interesante y espero, también, que el CNE deje de hacer amenazas estúpidas y los rectores tengan un discurso menos cursi y relamido.
No sé si habrá negociación en México. Espero que sí. Y espero que esas conversaciones no se vuelvan un torneo de quién grita más o quién construye la declaración más escatológica. Es bueno que los que están en el poder en el régimen y los que están en posiciones de liderazgo en la oposición (en los varios pedazos que hay) sepan y entiendan que están todavía a tiempo. Que si el país se termina de hundir, pues los arrastrará al hueco. Y ese hueco es un barranco infinito
1 de agosto
Guayoyo en Letras
https://guayoyoenletras.net/2021/08/01/el-barranco-infinito/
El pingüino con botas
Se llama Enrique y es longevo. Tiene artrosis. Ello le dificulta la movilidad y lo condenaba a una vida triste y dolorosa. Algo había que hacer. La cosa no se podía quedar así. Había que pensar «fuera de la cajita».
La mente humana es muy poderosa. Cuando quiere y se empeña, encuentra solución a lo que algunos dirían, con lamentable mediocridad, que «no tiene remedio». Le hicieron unas botas. Especiales. De un material que no le resultara incómodo. Y de color negro, para que no desentonara. Se las probaron. Y rogaron que fueran lo suficientemente flexibles, que le aminoraran el dolor, que Enrique las sintiera como propias. Y, ¡Aleluya! Funcionó. Hoy Enrique nada con facilidad y escala sin problemas. Hay felicidad en St. Louis, Missouri. La noticia de «el pingüino con botas» se hizo viral. Y ya con buena parte de la población vacunada contra el COVID, el zoológico recibe muchos visitantes que acuden a ver las danzas de Enrique.
Es una historia hermosa y para nada menor. Porque es la narrativa de la igualdad de oportunidades, de la empatía, de la comprensión de que si uno está mal algo tenemos que hacer para que esté bien.
El egoísmo es una severa enfermedad. Afecta y perjudica a muchos. El egoísta hace daño y, además, excluye, con lo cual perjudica al conjunto social y no solo a los individuos en su cercano entorno.
El egoísta no sabe compartir. Se siente el centro del universo y su complejo de superioridad en realidad esconde su miedo a que quienes lo ven o escuchen se den cuenta de la verdad: que es un ser inferior.
Cuando salimos del círculo vicioso del yoísmo y entendemos que ser egoísta es de tontos y no de inteligentes, entonces la sociedad mejora. Los egoístas restan; los que parten y comparten y no se quedan con la mejor parte, esos suman.
soledadmorillobelloso@gmail.com
@solmorillob
Ninguno puede solo
Churchill detestaba a Stalin. Y viceversa. A Churchill tampoco le hacía mucha gracia De Gaulle. Y viceversa. A Ike le ponía nervioso Monty. Y viceversa. A Patton no le gustaba mucho Ike. Y viceversa. Truman no se llevaba bien con MacArthur. Y viceversa.
Ramos Orta y Xanana Guzmão no eran «panas». De hecho entre ellos había muchas diferencias. Entre Tutu y Mandela no siempre había concordancia. Nehru y Gandhi desconfiaban el uno del otro y tuvieron sus muchos desencuentros. Betancourt, Villalba y Caldera veían la vida y la política de modo muy distinto. Juan Pablo II y Walesa tuvieron serios aunque callados enfrentamientos.
Todos esos entendieron y metabolizaron que por sí solos no podrían triunfar. Ellos definían triunfar como un logro, no como un conformismo. Todos se las vieron muy peludas. Ninguno creyó que la unidad se basaba en ceder; lo vieron cómo construir en conjunto. Sin restregárselo en la cara unos a otros, sabían que cada cual podía cantar eso de «yo sin ti no valgo nada» y «tú sin mí no vales nada».
Evito adrede poner en este texto los nombres de los que están enfrentados en las fuerzas de oposición. No por cobardía o conveniencia de mi parte, sino porque creo que poco ayuda quien se place en echarle leña a la candela. Poco suma y mucho estorba quien se pone al lado de cualquier dirigente y lo perturba y distrae azuzándolo, sembrándole dudas y casquillos.
Todos tienen muchas cualidades. Y también sus defectos. O mejor dicho, falencias. Muchas de esas debilidades pueden ser completadas por el otro quien seguramente tampoco tiene completo el portafolio de las fortalezas necesarias. La verdad es mucho más simple: ninguno puede solo. Ninguno tiene la fuerza suficiente como para poder hacer solo el tortuoso camino. Lo que a uno le falta lo tiene el otro u otros.
Y no, no se trata de esa bobada con patas de “es que no me cae”. Ni que estuviéramos hablando de una tarde de vermut y canapés en la que algunos se encuentren para departir y matar el aburrimiento. Se trata de aceptarse como son y pasar de la distancia a la cercanía. Y nada, absolutamente nada ni nadie es más importante que el país.
Contrariamente a lo que se podría pensar, yo creo que tenemos (algunos) buenos liderazgos políticos, tanto en territorio nacional como en el exilio. Y creo también que, como a dulces sobre la mesa, se les han pegado muchas moscas, muchos interesados en ganar indulgencia con escapulario ajeno, muchos arrimados sabelotodos que dictan cátedra pero que no ponen su propio pellejo en el asador, muchos engreídos que pontifican desde la comodidad de sus computadoras sin derramar ni una gotica de sudor y ni una lagrimita. Y a esos a veces los liderazgos políticos caen en el error de escucharlos más que a los dirigentes de base de sus partidos o sus organizaciones sociales, mucho más que a Casilda quien, acaso sin lenguaje rimbombante, puede decir más y de seguro reflejar mejor lo que siente y padece el pueblo. Sí, ahora pretenden algunos decir que está mal la palabra “pueblo”. El sifrinazgo que inunda redes convierte la narrativa política en un menjunge de palabrejas que ni mojan ni empapan y que Casilda escucha como oír llover.
Y así como el concepto de ‘ninguno puede solo’ es importante interiorizarlo, también lo es el segundo concepto: ‘nadie es indispensable y todos son necesarios’. Cuando eso se comprende, entonces cala la importancia del liderazgo compartido. En una situación como ésta, los que están en posiciones de liderazgo tienen por fuerza que saber trabajar en equipo, sin creerse un jefe más que otro y, claro está, sin caudillismo. La altivez no solo es inapropiada, es irrelevante. Se trata de articular unidades de pensamiento y trabajo entrelazadas, lo suficientemente flexibles como para ir creciendo y ofreciendo respuestas a los vaivenes de los cambiantes escenarios. Sin dramas cursis. Sin lenguaje de culebrón barato. Y sin narrativa churrigueresca que requiera traducción.
Repito: hay buenos en posiciones de liderazgo. No se trata de quién manda. Se trata de poder articular una estrategia de compromiso y acción que no deje a los ciudadanos gagueando fuera de la sala, sino que antes bien los seduzca y convenza que los esfuerzos, que no serán pocos, bien valen la pena. Al fin y al cabo, el pueblo es el centro de todo. Si eso está claro, el resto es sentarse a entenderse.
23 de mayo 2021
Guayoyo en letras
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